martes, 29 de mayo de 2012

Telepatrón

Trabajar en televisión hace que uno desarrolle una extraña amabilidad hacia la pantalla. En la universidad uno critica y critica a los medios, los ve como aparatos oligarcas que tan solo quieren lucrarse, que no proyectan valores, y uno se jura el Mesías que en el momento de recibir el cartón saldrá a cambiar el mundo con sus ideas revolucionarias con contenido. Uno se jura el futuro Fernando Gaitán que nadie ha descubierto, emancipación que llega hasta cuando uno se ve sentado en la oficina de recursos humanos afirmando que le encanta el noticiero, que viene a halar cables y a morder el polvo en dado caso de que sea necesario.

Ya adentro uno entiende de dónde viene la mirada del televidente, que a veces es beata, mojigata y mediocre. La gente critica y maldice a la televisión es porque nunca la ha hecho, porque creen que hablando mal de una pistola el asesino va a dejar de matar; piensa que entre más censure al cíclope electrónico más los contenidos se irán transformando como por arte de magia. Generalmente no es así. Me preocupa la gente que en un intento anacoreta de purificación logra sacar a la televisión de su vida, haciendo que en su casa ni se mencione la pantalla para evitar contaminarse. La televisión no es mala, el malo es uno que no aprendió a verla.

Ayer vi con juicio -miento, también iba tuiteando- el primer capítulo de la serie de Caracol "Escobar, el patrón del mal". No pienso entrar a criticar ni ponderar el producto porque aunque en la vida real vivo de mi criterio televisivo, a ninguno de ustedes, oh amados cabañeros y cabañeras,  les tiene que importar lo que yo pienso. Lo cierto es que me alentó, como todo buen televidente, saber para dónde va la historia: tener claro de antemano que el rufián va a cosechar con dolor la naturaleza de sus actos viles es lo que uno espera en la vida real. Uno se va a la cama convencido de que la gente al final de sus días recibirá lo que merece y eso produce un deleite mezquino, el saber que todos merecemos morir sorpresivamente.

Hoy hablé con el patrón, con mi papá. No con mi papá Dios, a quien me parecería de quinta decirle patrón, como si fuera un amo insensible y tirano. No, Dios no es así y mi papá tampoco. Hablé con mi papá, quien no quiso ver la serie en familia -recordemos que desde 2004 se emancipó con una compañera de la oficina-, argumentando que era una "apología a la violencia", que prefería ver Pobres Rico -y por obvias razones-. No sé a quién le habré sacado ese carácter experimentador que para muchos es deplorable en un cristiano, pues se traduce que ver contenidos diversos debilitará la fe en Jesús. Tampoco creo eso.

Y al despertar, la televisión sigue ahí. Tan campante, tan real, tan efectiva. Y muchos le tapan los ojos a sus hijos, les dicen que la televisión es del diablo, que no la vean; pero tampoco enseñan ni aprenden que el mal siempre ha estado ahí, que si vamos a hablar de un patrón de esta comarca debemos darle el crédito a Satán, quien sí se ríe del ingenuo que señalando al sol, se enfurruña en mirar el dedo de quien señala.


@benditoavila

miércoles, 16 de mayo de 2012

Guerra de nervios

Si algo recuerdo de la Colombia  noventera, eran las largas horas frente al televisor viendo El Chavo, Los Supercampeones, Los Motoratones de Marte y así con cuanta producción infantil o animada llegaba del extranjero. La televisión reinaba en mi casa, era mi amiga y acompañante en medio de las tardes de ocio escolar. Veía novelas, seriados, dramas, comedias y hasta musicales que indefectiblemente aportaron a la hora de escoger mi carrera, profesión y oficio, que nunca terminan siendo iguales.

Todo era una deliciosa rutina hasta cuando al Presidente Gaviria le dio por adelantar la hora para ahorrar luz, así que se generaban apagones programados y con ellos se agotaba la televisión. Digo que se agotaba porque veía cómo la pantalla parecía quedarse sin fuerza, sin vigor, sin energía. Me molestaba tener que dejar de ver televisión por un Gobierno que no entendía, por unas restricciones que para mí, a los 4 años, eran más que escandalosas. Fue ahí que de la mano de Colorín Colorradio, descubrí que la radio era mucho más creativa que la televisión, pues describía mejor las cosas, ponía música y además me hacía reír porque me llevaba a imaginar.


Nací a finales de los ochenta en Bogotá. Por lo tanto resulta tristemente obvio que crecí oyendo noticias de  detonaciones, explosiones y demás bombardeos. El narcotráfico acarreaba la peor de las guerras internas, pero la peor de ellas fue, es y ha sido la guerra de nervios. Ayer una explosión en la Caracas con 74 me devolvió a esos años, no de terror sino de especulación: es usual que en medio de estos escenarios todo el mundo crea tener la verdad, o se las den de periodistas porque tienen Twitter.

La gente suele tratar a los usuarios de BlackBerry como ralea tecnológica, y los entiendo: somos unos acomodados que creemos que por tener pin deberían respetarnos. Todavía no entiendo por qué lo uso, si lo único que ha generado en mí son más dependencias que facilidades. Cómo no van a juzgarnos con tanta dureza si hay usuarios tan miserables que a lo único que se dedican es a regar información a través de las cadenas. Me gustan las letras de colores, pero desde que veo y leo esos caracteres morados lo único que pudo hacer es eliminarlos sin siquiera leer si necesitan sangre, si se acaban de robar a un bebé o si matan por enésima vez a Chespirito. Ya no espero nada bueno de alguien con BlackBerry.

Peor que cualquier bomba atómica -en contra de cualquier exministro- es un pueblo con las facilidades comunicativas que nunca ha aprendido a utilizar. Que había otra bomba en otro lado, que otros explosivos iban a acabar a los curiosos que no habían evacuado la zona, que una volqueta y una camioneta habían sido robadas, que fue por el TLC, y así con cuanta pendejada la gente quiere llamar la atención. Ya me genera muchos problemas tener que explicar qué hace un comunicador social como para que ahora toque también enseñar que las cadenas de BlackBerry no hacen mejores personas, ni previenen, ni alimentan, ni nada. Creer en una cadena de BlackBerry es creer que el niño Dios cuando grande es Papá Noel.

Hagámosle un bien a la humanidad: dejemos de creer ciegamente todo lo que dicen los medios, los chismosos y las cadenas estas. Tal vez hasta que no aprendamos que la información no debe exagerarse no saldremos de la mediocridad comunicativa de la que muchos se quejan pero son los principales generadores.


@benditoavila

miércoles, 9 de mayo de 2012

Embajañero

En una Colombia ideal Shakira hubiera sido acribillada por no cantar el himno como debiera cualquier paisano. En una Colombia ideal todas las barrabasadas de La Mega serían penalizadas duramente con amputaciones de cuerdas vocales. En una Colombia ideal nuestro trabajo iría acorde con las ideas y no con las influencias. En una Colombia ideal estaríamos facturando por dar  trucos y consejos, porque de algo se ha de vivir. En una Colombia ideal podríamos viajar por todo el mundo confiadamente, sin la necesidad de someternos a escarnios y vergüenzas a la hora de solicitar visas. Así me lo imagino.

Soñar no cuesta nada, pero a mí me costó $252 000 que consigné fielmente para aplicar a la visa americana. Todavía me pregunto exactamente por qué buscamos viajar a Estados Unidos, si tiene que ver con la influencia infantil de entrar al Magic Kingdom y abrazar a Mickey Mouse, o recorrer las calles donde Macaulay Culkin se resbaló y  bandidos en Central Park. Uno de colombiano raso, oficinista y aspiracional que se cree mejor que la familia, siempre espera poder dar un paso más que ellos y destacar en algo, así sea exhibiendo una foto en las playas de Baywatch. Nos pegamos de lo que sea para humillar al par, al parce, al que se crió con nosotros pero no la supo hacer y fue papá a los 17.

Lo primero que uno debe tener claro es que es colombiano. La colombianidad nos lleva a la igualadez, al desparpajo, al atajo de querer colarse en la fila y a cuanta cosa burda uno sabe que a los gringos no les gusta. Ni a los gringos, ni a los venezolanos, ni a los británicos, ni a los eslovenos, y así con otros cientos de gentilicios. No es un misterio que solo 54 países del mundo no le piden visa a los colombianos; seguramente es porque nosotros, lindo pueblo arrodillado, le damos entrada a todo el que simplemente quiera venir a nuestras cumbres. Les cambiamos nuestro oro por sus espejos, nuestras mujeres por sus enfermedades, nuestra vida por su visa.

El hecho de ser colombianos nos da derecho de conocer Argentina -el destino hipster latinoamericano-, Filipinas -donde en algunas regiones todavía se habla en español-, Israel -la tierra del niño Dios-, Laos -que sí señores, es un país y no solamente las iniciales de Laura Ospina-, y así con otro reducido número de naciones. Este problema se basa en que como colombianos no sabemos viajar, porque pensamos que los únicos que pueden hacerlo son los ricos y que la fuerza oficinista estará condenada a revolcarse en las playas improvisadas de Cafam Melgar. Nada más falso que eso.

Para viajar se necesita derribar el paradigma de que es costoso. Es verdad, hay que ahorrar y esforzarse para no perecer en el intento. En mi poca experiencia como trotamundos, descubrí que los viajes se deben planear, que la gente espera que viajando se solucione todo o que en el viaje hayan milagros hollywoodenses como que en el camino algunos ancianos nos ofrezcan comida porque nos parecemos a sus nietos. Viajar es renacer, es tomar riesgos; pero como colombianos somos asalariados, acomodados y mediocres, nos conformamos con ver la alegría de otros sin siquiera intentar lo impensable.

Todavía me pregunto de dónde salen tantos mitos urbanos a la hora de pedir la visa: que si uno no mueve la cuenta con abundantes sumas de dinero se la niegan, que si dice que va solo se la niegan, que si duda en la entrevista se la niegan y así. Lo único que deberían decirle a uno es que lleve pantalones que no se caigan cuando le quiten la correa, pues ni a esta ni al celular les dan entrada. Uno saca un mundo de papeles, certificados laborales y bancarios, colillas de pago, retenciones, hasta fotos de uno feliz en Colombia; porque eso sí, si algo debe quedar claro es que uno no piensa quedarse, pues la vida está aquí.

Entender esto me llevó a diseñar una estrategia en redes sociales, tal cual como si fuera una marca. A diario empecé a comentar que me iba de vacaciones, que desde siempre he sido un firme imitador del Pato Donald, que me gustaba Star Wars y en últimas publiqué esta canción y aclaré que en vez de cantar "sueño", cantaba "vacaciones", no vaya a ser que algún cónsul piense que planeo quedarme a ganar en verdes.

Uno se esfuerza por irse perfumado y bañado, trata de comportarse a la altura a pesar de la corta estatura, menciona los países que conoce, alardea de la empresa donde trabaja, enumera su prominente manejo del inglés, y así se vende como colombiano de bien. Yo preferí el lado oscuro de la colombianidad, ese que sin mucho esfuerzo enseña una lección de proporciones bíblicas: la verdad libera. Dije que planeaba viajar, que iba de turista, que escribía como trabajo -que no es lo mismo que trabajar escribiendo- y que conocía México. La visa fue aprobada y ahora me doy cuenta de que no hay peor miedo que el no hacerlo por miedo.


@benditoavila

miércoles, 2 de mayo de 2012

El Oficinismo

El oficinismo está sobrevalorado. Uno se levanta cada mañana a la misma hora, se baña con el mismo jabón, se queja de las mismas vías rotas al salir de casa, se monta en la lata de sardinas roja, finge preocuparse por otros oficinistas que no saben que encontrárselos en el camino no indica tener que conversar, se deja requisar a la entrada, asegura no traer armas cortopunzantes ni peligrosas, prende el mismo computador, revisa las mismas tablas de excel, contesta las mismas preguntas de las mismas personas que parecieran no tener nada nuevo qué contar, espera el almuerzo, saborea las lentejas cocinadas desde la noche anterior, le pide a otros oficinistas le compartan carne o legumbres, los oye hablar de sus inapetentes vidas, nuevamente finge preocupación, toma una siesta, espera que sean las dos de la tarde para volver al mismo computador a pensar en las mismas cosas que piensan los oficinistas, revisa el correo, se mete a Twitter a tratar de leer algún enlace interesante, oye música, se distrae a propósito, va al rapicade a pagar recibos, sube a recursos humanos a pedir colillas de pago, revisa el archivo a ver qué hay de nuevo, pide aromática, le ofrece candela a los que fuman, mete un billete en la máquina surtidora que no da vueltas, escribe en un blog, espera que sean las seis para irse a casa a pensar en que el fin de semana está muy lejano y que mañana hay que volver a repetir el mismo ciclo.

El oficinismo está sobrevalorado porque no hay nada más coartante que la rutina. Algunos oficinistas van ascendiendo, logrando otras plazas dentro de la compañía; otros vemos cómo los practicantes se quedan con lo que tal vez pudo ser nuestro. Seguimos contando billetes ajenos e imprimiendo ideas de otros con la esperanza de que el derecho de piso del que hablan las empresas valga la pena en el momento en que algún vicepresidente levante la mirada para buscar nuevo talento. Pero ni así, porque esa misma rutina hace que a uno lo vean como activo fijo, como otra fotocopiadora que pareciera estar destinada a quedarse ahí para siempre.

El oficinismo está sobrevalorado porque es el residuo de un sueño que no pudo ser, es el aborto de la creatividad, es una pega de arroz que ni el agua ha podido sacar. Claro que hay que estar agradecido con el oficinismo y el trabajo, pues de ahí uno come, paga las deudas y trata de ahorrar para tener dinero en la cuenta a la hora de presentarse a pedir la visa americana; pero pensar en una eternidad en la planta nuclear, en el mismo cargo y con Burns encima no es grato ni para el propio Homero Simpson.

El oficinismo está sobrevalorado porque hace darks a los creativos, les enseña mañas, los contamina de rencor y resignación ante un futuro que parece cada vez más distante y oscuro. Les roba el tiempo, les castra las ilusiones, los adoba en su propio y baboso jugo. No sé qué carajos quiere la gente que sueña con trabajar en una gran empresa, si para cuando el sueño se hace realidad el tiempo ya se ha ido y la vida también.


@benditoavila

miércoles, 25 de abril de 2012

Cultura cabañera

Ya ni me acuerdo cuándo fue la última vez que escribí algo dirigido a ustedes, oh amados cabañeros y cabañeras. Reconozco que los he tenido muy olvidados, pues le he dado rienda suelta a la vida capitalista, que es la que paga el Icetex, el Telmex y demás cuotax pendientex. Esa es la verdad, La Fiebre de las Cabañas, otro blog sobrevalorado, es mi forma de dejar plasmado lo que se me ocurre en determinados momentos de la vida, no una forma creativa de lucro. Yo escribo porque quise, a mí no me pagaron. Aunque vivo de escribir para otras plataformas comunicativas, hay días en que no quisiera plasmar ni una letra más.

Hago estas salvedades como cuando en los programas de Chespirito quitaron las risas enlatadas "por respeto al público". Ustedes me merecen respeto, aunque no lo crean. Tal vez no sepa si tienen blog, si son príncipes azules o embajadores del averno, pero me leen y como tal debería cuidarlos, o por lo menos no ofenderlos. Aunque no me interesan muchas de sus vidas, debo confesar que sus ideas sí. Esa es la cultura cabañera, módulo educativo con amplia adaptabilidad para oficinistas, universitarios, tuiteros y los demás nichos que me han hecho llegar reportes QSL de lectura.

Después del saludo emotivo, prosigo a dejar clara otra de mis pretensiones bloggeras: el ejercicio de pensamiento. Sin rayar en que todos se vuelvan cerebritos de alto coeficiente intelectual, escribo para que muchos aterricen su fe con elementos racionales. Me esfuerzo para que muchos conozcan a Jesús a pesar de mí, de mi visión corroída de algunos temas y de mis múltiples prejuicios. Sueño con el día en que la gente busque a los cristianos para pedirles no solo consejos para llevar la tusa, sino también para hacerles consultas laborales de todo tipo, pues estos han demostrado ser una raza diferente, una raza contra el viento.

Nunca he buscado que ustedes se parezcan a mí, ni mucho menos que se identifiquen conmigo. Quiero que cada uno recorra su camino propio, descubra su propósito y atienda a cumplirlo. No me interesa que les guste Chespirito, Rescate o el ajiaco tanto como a mí. Tal vez es por eso que me gusta la relación anónima que uno genera con el grupo de lectores que tiene, porque les garantizo que si encuentro a muchos de ustedes en la calle los trataré igual a que si no los conociera. Esa es la cultura cabañera: más intelecto y menos físico, más Twitter y menos Facebook.

Si existe este blog no es para armarme un trono intelectual, más bien es mi propio ascenso al cadalso: me la juego por plasmar cosas inexistentes que prometen cobrar vida mientras ustedes creen que es una comedia. Hoy una vez más decido comprometerme a aportarles, divertirles, ofenderles -en caso de emergencia-, sacudirles y sobre todo edificarles con pasión, porque sin pasión ni se puede amar a Dios ni mucho menos escribir.

No es más por ahora. Me despido recordándoles que si me preguntaran a quién salvaría en un incendio, si a un animal o a una pintura cara, no salvaría a ninguno porque me gusta ver las cosas arder.


@benditoavila

miércoles, 18 de abril de 2012

Mi Chavo interior

En 2008 recuerdo estar sentado en una clase de video experimental, donde más que "cosas de fritos" -como le decían algunos compañeros ñoños-, veíamos la forma en que una pieza audiovisual podía moldear la mirada de la gente y hacerla vivir experiencias incontables en cualquier parte del mundo desde la comodidad de su sofá. La imagen, el sonido y el contenido constituyen ese cíclope electrónico, aquel poderoso medio de comunicación al que además le he dedicado todos los años de mi vida profesional -que han sido dos en total-: la televisión.

Siempre me ha gustado la televisión. Recuerdo haber visto todo tipo de programas, pero nunca unos que me hayan impactado tanto como aquellas comedias producidas por Televisa desde la década del 70 y hasta entrados los 90, protagonizadas por unos simpáticos personajes que responden a nombres y apellidos con la letra CH -o las letras, según el grado de purismo con el idioma-. Desde que tengo memoria he sido y soy un admirador acérrimo de la obra y persona de Roberto Gómez Bolaños, bautizado por el director mexicano Agustín P. Delgado como “un pequeño Shakespeare”, y latinoamericanizado como Chespirito. Yo creo que por eso, cuando tuve la opción de escoger carrera universitaria, tomé un sendero que me llevaría hacia la televisión; y en ese camino a plasmar en mi trabajo de grado mi marcado fanatismo por la obra de este personaje de talla internacional -aunque ambos medimos los mismo 160 centímetros, por lo tanto no sería talla internacional, sino talla small-.

En la adolescencia viví un fanatismo solitario, porque aparte de no ser bien visto que un joven no siguiera a los pokemones por andar pensando en Chaparrón Bonaparte, fue en esa época que pude empezar a coleccionar los programas, souvenirs, muñecos y demás objetos que curiosamente todavía conservo en casa y que han sido complementados por los regalos que me hace la gente que me conoce. Es curioso, pero cuando a uno le gusta El Chavo, la gente participa de esa afición y siente la necesidad de aportar a esa "chavología": no en vano recibí de regalo de cumpleaños número 15 mi primer Chipote chillón, además de libros, disfraces, cuadros y hasta gorros que la gente me ha ofrecido y he podido atesorar.

Para mí Chespirito es un genio de la comedia latinoamericana, casi un profeta audiovisual que desde sus personajes ha logrado el éxito televisivo gracias a sus fórmulas lingüísticas y a su construcción repetitiva y efectiva. Él mismo ha escrito radio, publicidad, cine y televisión; ha dirigido, producido, protagonizado y hasta dibujado contenidos familiares, aunque muchos se esfuercen por encajarlo como televisión infantil.

Los sketches televisivos de Chespirito no fueron diseñados en principio para niños. De hecho, el mismo Roberto Gómez Bolaños ha dicho que esta clasificación siempre ha sonado tan tonta como la que establece lo mismo para Mafalda, la incomparable creación del argentino Quino. Lo curioso es que son muchas las generaciones que han -y hemos, por supuesto- crecido ante la pantalla, bañada de situaciones cómicas que confirman que lo local también puede leerse desde lo universal. Chespirito es un elemento que pertenece a la cultura popular, y que por lo tanto ha sido parte de nuestros ritos familiares, personales y por supuesto infantiles.

En 2001, el historiador mexicano Enrique Krauze dedicó un programa de televisión de su serie México nuevo siglo a recorrer la trayectoria personal y profesional de Roberto Gómez Bolaños, argumentando que en su programa se presentan documentales que acercan de una manera crítica a los actores de la historia mexicana y pretende rescatar la memoria. El espacio se llamó Chespirito, el niño que somos. Oportuno hacer una pausa en este punto. ¿Quién en América Latina no vio en su infancia por lo menos un programa de Chespirito? Me atrevo a aseverar que si existe un adulto contemporáneo que de niño no sufrió cuando al Chavo lo acusaron de ratero, o no soñó con conocer Acapulco, o no quiso regalar una torta de jamón, no supo lo que fue la infancia.

Es natural que al crecer muchas personas tomen distancia -ahí sí no me incluyo- de los programas de don Roberto; pero es necesario reconocer que a través de ellos la identidad infantil latinoamericana se forjó desde lo cotidiano y lo cercano. Es cierto que de niños todos tuvimos muchos héroes, pero si vamos a estudiar la función más cercana de un héroe debemos remitirnos al héroe de Latinoamérica: El Chapulín Colorado, personaje que viene a ser un héroe de carne y hueso que, a pesar de sus miedos y limitaciones, sabía cómo enfrentar y sobrellevar cuanto enemigo se interpusiera.

En mi caso personal, me he sentido plenamente identificado con Roberto Gómez Bolaños, pues aparte de llegar por casualidad a la escritura, yo también he sufrido por el ser más bajo y flaco de cuanto lugar frecuento. Yo también me he dado unas buenas trompadas buscando respeto en el colegio. Es más, yo jugaba a ser El Chavo y en ocasiones lo sentía tan cercano que hasta llegué a pensar que era colombiano, sobre todo porque nunca en la serie se revela su verdadero nombre.

Asumo que tal vez el apelativo chavo, muchacho, chino, guagua, pibe, mono, chibolo, guache, chamaco, chamo, carajillo, crio, escuincle, pelado, chaval, mocoso, niño y todos los otros que existan en Hispanoamérica, cumple la función de unirnos, de quitar las barreras nacionales y hasta territoriales para poner sobre el tapete la oportunidad de que todos nos sintamos “chavos” alguna vez, y que a su vez ese chavo pueda ser cualquier niño rico o pobre de Latinoamérica que aspira con tener una vida mejor y desea conservar su inocencia por siempre.

Todos tenemos un niño interior que la televisión ha ido alimentado. Ese niño sigue soñando con volar a países de fantasía, dibujar el cielo con muchos colores y cumplir sus sueños de grande. El paso del tiempo nos ha hecho grandes, y si miramos hacia atrás nos damos cuenta que los sueños quedan. Por esa y muchas otras razones, fue para mí una experiencia única cumplir uno de mis sueños de niño y recibir una carta de parte de Televisa, donde me notificaban que se grabaría un homenaje para don Roberto y que yo estaba invitado a participar como experto representando a Colombia en uno de los concursos de la velada.


@benditoavila

Publicado en la Revista Mallpocket (www.mallpocket.com)

viernes, 13 de abril de 2012

Desteñido

Hace algún tiempo encontré que un grupo de solteras -cuyas identidades gracias a Cristo desconozco- tomaron fotos de algunas parejas de noviazgo o matrimonios e hicieron una suerte de meme: las pusieron en collage chicludo con una leyenda: (sic) "Estas son las muestras claras de que los Príncipes azules si existen... Jesús lo hizo posible" y al final remataron con otra perla, esta también de gran valor: (sic) "Espero seguir llenando de bendiciones este cuadro... se que así va a hacer".

Si ser un príncipe azul es parecer al concepto de lo que muchas personas creen que debe ser un hombre, prefiero tomarme un tarrado completo de varsol y acompañarlo con una llamarada Moe. A mí me fastidian los príncipes azules, porque si hay algo que ha deformado a los hombres, y mucho más a los cristianos, es esa visión infantil de creer que un hombre debe ser políticamente correcto y encajable para una mujer. Los cristianos estamos jodidos por vendernos como una versión blanda y placentera de un Jesús que a gritos pide se le conozca como hombre.

Seamos honestos: estas epifanías donde nos pintan como expertos domadores de caballos, galanes con olor a bosque y actitud blandita son producto de la ficción y de los papás, quienes se le tiraron las percepciones del sexo opuesto a sus hijas. Ahora ellas están solteras y usan las redes sociales para autoconmiserarse y hasta sostener que son solteras "porque es la voluntad del Señor". Con todo respeto, pero no hay nada más frustrante que ver a un cristiano infeliz, mucho más si reduce su concepción de la estabilidad emocional a esperar a una persona idónea como la tabla de salvación.

Las mujeres deben saber que los hombres de verdad no presumimos en público de lo que Dios nos ha dado en secreto. Tú, niña que estás leyendo, aprende de una buena vez que un hombre no te va a llevar al cielo, así te esté haciendo ver estrellas. Un hombre de verdad es gamín y hasta patán por excelencia, porque si fuera tan ligero como tú no podría protegerte. Lo curioso es que te atrae que este gañán sea como es, porque en el fondo quisieras poder corregirlo mientras él te sigue haciendo reír en exclusiva.

La verdad es que ya está dicho: el príncipe azul se destiñe con la primera lavada. Entonces dejen de ser tan ilusas y piensen que si tienen al lado a un hombre que se está mostrando como es, que no usa a Dios como herramienta de conquista, ni mucho menos les presume de lo mucho que lo conocen, es tiempo de pensar en que están ante un hombre en potencia. Un ñero que no les va a salir con sorpresas cuando estén casadas con él y ahí sí se pregunten: -¿Dónde está el hombre de la casa?


@benditoavila

jueves, 29 de marzo de 2012

Famosos anónimos

Me gusta coleccionar objetos: sombreros, material relacionado con Chespirito, Star Wars y Rescate. Tengo una mesa de noche abigarrada de objetos encontrados en la calle, recibidos como regalo y hasta heredados, porque debo decir con orgullo que papá, sin saberlo, ha sido un coleccionista de rarezas que para mamá solo reflejan sus mañas de acumulador. Tal vez por eso fue que se divorciaron.

Entre mis herencias, guardo las gafas que usaron mis dos abuelos antes de morir. No porque quiera ver el mundo como ellos, más bien porque es la forma en que me recuerdo que la visión debe corregirse, para pararse en el pasado como referente y no como presente. Guardo casetes con grabaciones de programas de radio en los que yo era el protagonista: mamá hizo grabaciones de mi voz hasta los 9 años, para que cuando yo tuviera hijos se las heredara también. Atesoro llaveros, reproductores obsoletos y algo que para muchos es una manía propia de una persona con trastornos: fotos de famosos anónimos.

Caminaba por la Javeriana y encontré una foto tamaño 3x4 fondo blanco de un estudiante de Medicina. Lo sé porque se ve su uniforme pitufo y sus cejas pobladas. No tengo ni idea quién es el susodicho, lo cierto es que al entrar a mi cuadro de famosos anónimos ahora se llama Juan Pablo, le gusta jugar squash y arregla su economía juvenil trabajando los fines de semana en una tienda de ropa.

Años más adelante y dejando atrás la universidad, iba subiendo un puente peatonal que me llevaría al oficinismo en Las Américas, justo cuando identifiqué una foto de fondo azul donde una niña de aparentes 14 años vestía una sudadera colegial, de esas que hacen que la cremallera llegue hasta el mentón. En Famosos anónimos se llama Astrid, estudia en un colegio del distrito y no le gusta que se burlen de las pecas que adornan sus mejillas, a pesar de que la música que oye y baila suele denigrar de la mujer y de cualquier cuerpo exuberante.

El cuadro lo completaría hace un mes un pequeño niño de aproximadamente 4 añitos -como dicen las mamás-, quien reposaba oculto en un tablero donde Bancolombia promociona sus planes de ahorro. Acepto que dejé la fila por unos minutos para agarrar al 'niño nuevo' de los Famosos anónimos, so pena que pasar por enfermo o pederasta. Su nuevo nombre es Yesid, no conoció a su papá y al parecer sufre de precoces arranques de tiranismo, situación alimentada por su propia madre.

Guardo con mucho respeto a mis Famosos anónimos, pues vienen a ser referentes concretos de creación y de reacción visual. Lo divertido de esta tarea es que el grupo no crece frecuentemente, tan solo cuando tengo la suerte de descubrir en algún lugar del planeta una foto sin nombre, sin futuro aparente y sin propietario conocido.

Puedo pasar por enfermo o loco, pero tristemente la gente parece no comprender que detrás de una foto perdida puede existir una increíble historia qué contar.

Famosos anónimos, 2012


@benditoavila

jueves, 15 de marzo de 2012

Conjunto Cerrado

Nunca será posible pronosticar en qué Transmilenio aparecerá uno de esos viejos amigos de época. Me encontré no con un amigo, sino con una amiga. Bueno, tampoco era amiga, era conocida del conjunto residencial en el que pasé la mayor parte de mi infancia. Es que finalmente ser niño es eso, un ejercicio hasta democrático donde todos jugábamos sin prejuicios ni mezquindades, material que nos llega ya de adultos.

Una de estas noches vi que al lado se sentaba una mujer de cara conocida. No suelo olvidar caras, así que recordé que estaba junto con Íngrid, la versión adulta y rubia de una niña que andaba en sudadera verde y era mayor que yo. No suelo olvidar nombres, así que empecé a narrarle las tres veces en la que tuvimos contacto: cuando integramos un concejo juvenil para promover valores dentro del conjunto, cuando discutimos sobre el drama de una canción de Willie Colón y cuando charlamos en un pasillo hasta que María, la santandereana que nos cocinaba en casa, me interrumpió para preguntarme a qué horas iba a comer, sin importar que estuviera socializando.

Íngrid solo atinó a recordarme a mi abuelita. No porque me haya insultado, sino porque dijo que siempre la ha querido mucho por ser una gran vecina. Me contó que desde que me fui del conjunto las cosas no fueron iguales, pues los que fueron mis primeros compañeros de grupos musicales imaginarios ahora dividían su tiempo entre en el mormonismo, los hijos, las drogas y el ocio. Me dijo que no se acordaba de mí sino de mi papá, y que las cosas no eran como antes: ya no existe el pino donde nos trepábamos, el parque está a punto de entregarse al Distrito y la gente ha migrado a muchos otros conjuntos.

Íngrid ahora trabaja en una ONG, un banco o algo así. La verdad cuando empezó a hablar me puse a pensar en que uno cree que todo tiempo pasado fue mejor, pero nada más falso que eso. Nada más engañoso que estancarse en la involución que proponen ciertos melancólicos, pues si bien es cierto que el pasado produjo los clásicos, el futuro hará que entre esos clásicos estemos nosotros.

Antes de llegar a mi parada me encontré con un compañero de épocas universitarias, quien se desvivió en elogios dizque porque me vio triunfando en el extranjero. Íngrid abrió los ojos, como quien por fin reconoce que lo importante de las personas es verlas en desarrollo y no en diseño. Cuando se dio cuenta que los planos del pasado ahora eran edificio ya era demasiado tarde, porque yo ya me había bajado del bús. Literalmente.


@benditoavila

viernes, 24 de febrero de 2012

¡Me lleva el Chanfle!

Todo estaba listo para mi primer viaje a piscina. Sonará raro, pero tenía tan solo dos años de edad y confieso tener vagos recuerdos del bochorno de Melgar, pueblo donde los bogotanos promedio acostumbramos salir a vacacionar. Mi familia siempre ha sido promedio, por eso desde mi temprana infancia crecí con la idea de casarme, viajar, tener una finca y tal vez una mascota qué cuidar.

El calor me ponía la ropa pegachenta y húmeda, tanto o más fastidioso que el pañal de tela sucio que recuerdo haberme encargado de cargar -por no decir otra cosa-. Esa situación es la peor para los bebés, pues lo único que ellos buscan es que el pañal esté bien limpio, que su panza esté llena y su cuerpo fresco. Yo no tenía ninguna, pero la situación empeoraría cuando nos detuvimos a beber gaseosa en un parador -yo solo tomaba leche- donde esperando que trajeran el pedido, sentí una punzada tan aguda y tan intensa en mi oreja derecha que me obligó a llorar en el acto. Señoras y señores: una avispa me había picado. Ahí conocí por primera vez el dolor.

Tras muchos agüeros y maniobras de mis progenitores, recuerdo calmar mi llanto cuando me pusieron una hoja verde encima de la picadura. Lloré y lloré -hora tras hora- hasta que reparé en un pequeño televisor a blanco y negro en cuya pantalla un hombre vestía con antenas y con un corazón en el pecho. Aunque uno a los dos años no repara en detalles geométricos, me cautivó la forma en que se golpeaban y caían los personajes de la cajita mágica, pero mucho más me atrapó ver a un celador local riendo a mandíbula batiente.

Resolví que el dolor de oreja no era nada al lado de lo que hacía reír ya no solo al celador, sino a algunos niños curiosos que merodeaban el lugar. Mi madre notó que el bebé había mermado el llanto y quería ver más de cerca la televisión, así que resolvió decirle en tono mimoso una frase que sin saberlo, cambiaría la vida de ese, su primer hijo: "Mira, Luis Carlos, ese es el Chapulín Colorado".


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En 1992, el Fenómeno del niño amenazaba con trastocar a Colombia y a todos sus colombianos. Bajo el mandato del presidente César Gaviria, esta tierra cafetera enfrentó la peor crisis energética de toda su historia, pues con la reducción en la producción de energía hidroeléctrica venían algunos cambios en nuestros hábitos de vida. La decisión que tomó el Gobierno fue contrarrestar al temible y fenomenal Niño con una serie de apagones programados. Para ellos, el Gobierno decretó el adelanto en una hora de la hora oficial colombiana, ajustándola con los husos horarios de Venezuela.

Esto implicaba que debía levantarme ya no a las 5 am, sino a las 4 am, pero no era tan grave porque en realidad las 4am eran las 5 am. Yo prefería pensar que ahora el día era más clarito y ya, porque lo único que quería era llegar a mi casa en la tarde a comer y a dormir. Con el apagón, mi madre y yo nos vimos en la necesidad de acompañar las tardes con algo que la televisión no nos podía proporcionar, pues en los racionamientos nos quitaban la corriente toda la tarde y parte de la noche. Fue así que recurrimos a la radio, aquella compañera habitual donde descubrí mi pasión por la música, las voces y los sonidos, elementos que a la postre definirían gran parte de mi vida.

Para la época, recuerdo que existía una estación radial dedicada y especializada en los niños y en las niñas de Bogotá: Colorín Colorradio, emisora que en las horas de la tarde daba espacio para que sus oyentitos pidieran canciones, compartieran pensamientos y hasta contaran sus miedos a través de los micrófonos.

Un buen día me aventuré a llamar con tan mala suerte que mi llamada entró y pude salir en vivo. La locutora me preguntó por la canción que quería escuchar, ante lo cual respondí con aquella tierna voz de corista de parroquia: "La vecindad del Chavo, porque es linda de verdad". Esa fue mi primera aparición en radio, y debo confesar que me puse muy nervioso y me latió el corazón tan fuerte -no por haber salido en la radio-, sino por escuchar aquella emotiva canción que sin dudarlo aprendí de memoria luego de anotar en un cuaderno de matemáticas.

Años más adelante, recordaría aquella anécdota infantil al aire en el programa radial que dirigí en la emisora de la Javeriana, el claustro universitario del cual me gradué como Comunicador Social hace unos buenos años.


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Un paso de tiempo me remonta al Jardín Infantil Charlie Brown -bautizado por mí en un acto algo ególatra de infancia como Luis Charlie Brown-. Corría el año 1993 y yo tenía 5 años aunque nadie me lo creyera. Siempre me ha pasado que la edad que tengo no es revelada por mi físico, pues siempre he pasado por niño fruto de portar el legado familiar más particular: la corta estatura.

Toda mi vida sufrí por ser el más bajito y el más flaco del salón, de la ruta, del edificio, de la banda marcial y de cuanto espacio me involucrara, pero como yo no me iba a dejar de los más grandotes, adopté una postura violenta para disfrazar mi autoresentimiento: decidí convertirme en un mini rambo que nunca permitiría que alguien se burlara de él solo por su pequeñez. Recuerdo que por eso me gustaba ver El Chavo, porque yo también era aquel chavo que así fuera a trompadas se hacía respetar, no sin antes producir cierta ternura en los profesores que pretendían castigarlo.


@benditoavila

viernes, 10 de febrero de 2012

Porno cristiano

La vida es en sí misma una contradicción. He visto a las grandes mentes de mi generación caer rendidas ante lo que juraron enfrentar y hasta destruir. En el ámbito religioso ha pasado lo mismo. Por ejemplo, existen oxímorones como sectas islámicas para homosexuales, comunidades judías que elaboran recetas kosher para comer cerdo y uno que otro grupo de budistas que caza ballenas (Fuente: EL TIEMPO, o sea que puede ser ficción).

Sin ser un purista ñoño, o un punkero con fe franquista, debo confesar que no esperé ver -tan pronto- una contradicción tan desfasada como la que trae esta noticia: la llegada del cine porno para cristianos. ¿Es esto una broma pesada? No, resulta que importantes diarios en el mundo -dije importantes, no serios- han publicado la noticia y hasta han aclarado que en el porno cristiano el centro es el amor de pareja, pues las historias transcurren bajo el santo vínculo del matrimonio, y hasta los actores deben cumplir con este requisito.

El porno cristiano pretende que "se entienda al cuerpo como un regalo divino que merece ser tratado bien (...) Los filmes eróticos serán producidos para la educación de los creyentes”. Leo y releo afirmaciones como esta y empiezo a creer que los mayas tienen razón: este 2012 tal vez se acerque el fin y requerimos un cambio de consciencia urgente. ¿En qué momento el cristianismo se volvió un nicho publicitario donde el consumo se liga a las creencias?

En primer lugar, trato de reflexionar sobre el origen de la idea: me imagino un grupo de cristianos morbosos que ante la sensación de culpa propia del pecado cometido, crearon una manera de sentirse en la libertad de caer "como Dios manda". También veo una que otra denominación apoyando la idea, buscando que sus feligreses no se "pierdan" más, les ofrecen liviandades con mentalidad de cabaret, pero cristianas.

Es triste ver cómo cualquier concepto, por perverso que sea, se ablanda si se le suma el adjetivo cristiano: fornicación cristiana, aborto cristiano, adulterio cristiana, y así hasta llegar al porno cristiano, siendo este el adalid de la desfachatez.
-¿Entonces, vamos a ver porno?
-Uy, ¿qué le pasa?
-Porno cristiano.
-Ah bueno, si es cristiano sí.
Así las cosas, términos como soft, interracial, amateur y hardcore se verán tiernos.

Me imagino a estos personajes -que entre otras cosas deben ser los mismos que se emborrachan usando de parapeto el mal leído argumento de 'Jesús tomó vino'- todos muy campantes alimentando sus pasiones más bajas, pero ahora ambientadas en desiertos y avaladas por ciertas Iglesias. ¿Se dirán malas palabras? ¿Será un cine bien producido? ¿El argumento tendrá un poco más de lógica que una película porno, donde el repartidor de pizza se lleva el protagonismo?

Son preguntas que no pienso resolver. Lo único que me pregunto es ¿Qué pensará Jesús de todo esto? ¿Se sentará a llorar porque su mensaje de amor al prójimo se tomó muy a pecho y muy literal? Es triste que muchos crean que los cristianos somos gente beata y cohibida por no tener sexo fuera del matrimonio, pues desconocen que ser cristiano es en sí mismo vanguardista, es desencajar con lo que el mainstream propone, es no pretender verse socialmente aceptable y en este caso nunca será aceptar el voyeur como forma de aprendizaje.

Creo que Dios inventó la humanidad e inventó el sexo, ambos con estrecha relación de creación y de placer. Nada más santo que el sexo como para banalizarlo y empaquetarlo industrialmente ahora con un rótulo de fe.


@benditoavila

jueves, 9 de febrero de 2012

Requiem TV

Nunca le he tenido rabia a la muerte, aunque debo reconocer que siempre es doloroso ver cómo gente admirable deja el planeta sin que haya podido contactarlos personalmente. Aunque el duelo es algo que no se imposta, debo confesar que me afectó ver que murió la libretista Mónica Agudelo justo cuando yo empezaba el camino de la escritura audiovisual, terreno en el que ella es y será la mandamás (con Fernando Gaitán, a quien he tenido la fortuna de entrevistar personalmente).

No vengo a rellenar entradas con el falso dolor farandulero, porque no hay nada más oportunista que homenajear en televisión al muerto, como tratando de reivindicar la conciencia ante el deber incumplido de honrarlo como se debe en vida; lo cierto es que desde la barrera empiezo a ver cómo algunos de los personajes de televisión, radio, cine y música a los que admiro están empezando a morir.

Murió Luis Alberto Spinetta, y aunque no fui un asiduo seguidor de sus obras, sí debo decir que para mí fue uno de los grandes del rock en español, música que tanto disfruté en cierta época de mi vida. Me gustaba el blues que hacía cuando lideraba Almendra, una que otra de sus letras poéticas y hasta ahí. Siempre he sido conciente del carácter evolutivo y heredado que manejan las artes: los grandes del ayer lideraron revoluciones que sentaron las bases vanguardistas en las que nos paramos hoy.

Tuve la oportunidad de asistir a la misa requiem de Mónica Agudelo, sin invitación ni compromiso aparente, tan solo para observar cómo la televisión lloraba a una de sus grandes creativas. Ante los mariachis que entonaban las despedidas -por eso requiem-, me di cuenta de que el perder la oportunidad de consultar a los grandes será un mal de toda la vida: no tuve la oportunidad de pedirle consejos para aprender a dialogar en televisión como ella lo hacía, ni consultarle sobre la construcción de personajes.

Aunque también me quedé sin preguntarle a Spinetta por algunas de sus letras, espero que Dante Gebel, Woody Allen, Paul McCartney y Chespirito no mueran sin que pueda llegar a donde estén, para conocer parte de los secretos de sus múltiples revoluciones culturales.


@benditoavila

martes, 17 de enero de 2012

La Travesía

¿Es posible que de un solo viaje costeño salgan tres entradas diferentes? La respuesta los sorprenderá: Sí. Tal parece que aparte de bobolitro, soy el Ministro de Economía de este blog, porque en la vida real no soy ni vendedor de seguros. El caso, como La Fiebre de las Cabañas no es ni será un diario -primero iré a la hoguera-, es importante aclarar que no es el estilo de este lindo lugar armar sucesiones entre las entradas; de hecho, algunos puntos quedaron desconectados con la intención de armar la saga -bueno, tampoco es la gran cosa- y completar el ciclo con esta entrada turística.

Como todo puede ser peor de lo que uno espera, heme en Cartagein junto a mis amigos oyendo a los artistas de Yo me llamo mientras todos los vacacionistas preparaban sus canecas de licor para la larga noche de reggaetón y vallenato, dos de los demonios más insportables de mi era contemporánea. Ahí recordé mi época juvenil cristiana, cuando los denominados bares cristianos se gestaron como una forma de diversión sana para gente zanahoria. Lo que los empresarios tal vez no sabían es que cristiano joven que se respete es tacaño y miserable en sí mismo, pues ni gana plata ni tampoco pretende apoyar un negocio así, aunque eso sí lo visite religiosamente.

Esto no era un bar cristiano, pero sí tenía a unos cristianos que no le gastarían ni tres pesos a un agua, todo en el marco de mantener la tónica guerrera de adversidad productiva. Como a algunos los principios también nos sirven de adorno, compramos una Squash que rotamos a pico botella para pasar el trago amargo de escuchar la trajinada voz del Rafael Orozco versión Beta, solo tan malo como al que logró imitar.

Pero valió la pena solo para ver y oír a una de las orquestas más respetables de la música latinoamericana: Juan Luis Guerra y 440 (léase cuatro-cuarenta). Nada como estar presente en el momento en el que algo como esto sonó. (Oígase con prudencia, hay contenido que puede herir castos oídos). Para un tipo que ama la música como yo, ver una gran banda en vivo es un deleite: sin importar qué música nos guste uno debería ir a conciertos todo el tiempo, mucho más si es el día de cumplir años. Ese 6 de enero me divertí como enano mientras me daba cuenta que me hice grande y sigo viéndome pequeño.


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PERLITA: Stu Weber dice en su libro El corazón de un guerrero que la mejor forma de ubicarse cuando uno está perdido en la selva es trepar un árbol para ver de lejos el camino. Lástima que leí este libro una semana después de haber vuelto, porque o sino lo hubiera aplicado con gusto. Resultó que en el camino encontramos un par de extranjeras ricas que sin saberlo nos ubicaron en la vida. Gracias a sus gritos y peleas entre la selva, nos dimos cuenta que no estábamos solos y pudimos llegar a Pueblito, tierra Kogui que todo colombiano debería visitar.


@benditoavila

Razón 10 000

Nunca imaginé que La Fiebre de las Cabañas llegara a superar las 10 000 entradas: esto quiere decir, mamita y papito -ambos leen esto y hasta lo recomiendan entre sus conocidos-, que más de diez mil veces algunos fulanos, zutanos y menganos -seguramente entre esos están ustedes- han visto en sus pantallas de computador esta página. ¿A cuento de qué? vaya uno a saber. El punto es que hay muchos que no ven la hora de que llegue una nueva entrada para ingresar, compartir y hasta amenazarme de muerte por mensajes internos (Es broma, mami).

Creo saber qué les produce interés de este lugar lelo: la comedia que a veces no hay, el respeto que jamás existirá por "Ai se eu te pego" en español y las constantes amenazas hacia el oficinismo. A mí no me gustaría meterme a leer el blog de alguien que se la pasa hablando de cosas que al colombiano promedio ni le importan, dando cátedra moralista y hasta tiene ínfulas de estrella televisiva. Nada más jarto que alguien con una pluma venenosa y mamerta que a lo Julio Sánchez Cristo, se propone decir qué es lo pertinente y que no lo es.

Así las cosas, hoy les ofrecemos un delicioso entremés reflexivo, tal cual como lo recetaría el Doctor y mami. Es que es cada vez más contundente que este año trae grandes cosas para la humanidad: los mayas, el amort oficinista y posibles cambios neuronales que hasta ahora se cocinan. El principio dice que si se quiere conquistar se debe arriesgar. Que ni el trabajo de los sueños o el amor de la vida llegan por correo, uno debe fabricarse el chance para que así las cosas funcionen.

Como veo que esta frase parece sacada de una esquela de Timoteo, prosigo a contar que en otro abrir y cerrar de ojos onomástico estaba en la ciudad amurallada tomando fotos a cuanta cosa me interesaba: turistas, negros, paisajes, extranjeras ricas y en general locaciones de un restaurante llamado La Flaca Bohemia, lugar donde mis amigos me esperaban para el almuerzo cumpleañero de una sola vez al año. Es usual ver turistas comiendo en temporada alta en tan distinguido lugar, pero nunca será normal que una horda de ñeros y además rolos ingresen a comer a la carta, en el sentido literal de la expresión: nos dedicamos a ver fotos, pedir los mejores platos -esos que no valen 10 000- ante la mirada inquisitiva de los comensales, quienes optaron por irse tras terminar de hacer lo suyo.

Fue así como el restaurante quedó solo, desocupado y personalizado para que como buenos capos, echáramos unos que otros tiros imaginarios al aire y nos convenciéramos que este sería el mejor día de mi vida, mucho más cuando sonó esta canción y nos recordó que por la noche la veríamos intepretada en vivo, pues todo estaba listo para ir a ver a tremendo grande de la música hacer de las suyas en el estadio de Béisbol.

Es curioso, pero la música de Juan Luis Guerra terminó sonando todo el resto del día de mi cumpleaños y por pura casualidad; de hecho, escribo estas letras y el iTunes juega con mi inconsciente emocional, como tratando de convencerme de que nada fue ni será casualidad, como por ejemplo el hecho de pasar las 10 000 entradas. Eso sí, si llego al millón seguramente o me raparé o me empelotaré en la Soho, porque eso no se ve todos los días.



@benditoavila

miércoles, 11 de enero de 2012

Overwhelming

En un largo abrir y cerrar de ojos me vi sentado cerca de la playa aquella mañana soleada. El ambiente olía a coco con piña mezclado con bronceador, tal cual como alguna vez me imaginé que olería la felicidad. El clima, el jugo de lulo, la torta de cumpleaños y la charla eran perfectos: sin aspavientos ni ataraxias, todo fluía en una perfección escasas veces experimentada. Y ahí estaba yo, con la cabeza a mil tratando de digerir que esas eran tan solo las primeras horas de mi vigésimo cuatro cumpleaños, día en el que mi existencia confirmó que mi propósito debía seguir girando en torno al sueño que tuve aquel agosto pasado. Sentí entonces que era tiempo y que no podría dejarla pasar. La oportunidad, claramente.

Ese sería el párrafo de inicio de mi libro más romántico, donde armaría una historia tan linda que al final me terminaría dando risa. Mi estilo de exploración emocional nunca es tan elaborado, pues me gusta más optar por lo simple, lo divertido y cotidiano. Lo cierto es que en mi último onomástico me vi tan gratamente sorprendido que no podía dejar de comentar parte de lo sucedido aquel viernes cartagenero, el mejor de toda mi historia.

Tal vez ellos no lo saben, pero muchos de los que ese día me felicitaron usaron una expresión que al mejor estilo de Dragon Ball Z, terminó convirtiéndose en una Genki Dama poderosa que surtió efecto: que Dios te sorprenda como nunca antes, porque este año es el año. Para un cristiano promedio es normal usar esta frase como caballito de batalla, así como escandalizarse por usar un programa satánico para ejemplificar lecciones de vida espirituales. El punto es que ese día vi con mis propios ojos cómo aquellos buenos deseos se hacían realidad ante mis pupilas, cubiertas por las RayBan para bloquear el brusco sol que caía en Las Américas -no me refiero a mi oficina- a esa hora de la mañana.

La verdad, a mí todo ese cuento de un hombre que disfruta detalles con Dios se me hacía tan blandito que preferí evitarlo al máximo. Yo creo en un Dios fuerte que quiere hombres tiernos, pero nunca me vi a mí mismo admirando una flor o llorando por lo lindos que son los delfines. Uno de hombre se desvive ante una buena canción, un buen carro y hasta ante una buena mujer. Procuro hacer mis movidas inteligentes y calculadas, tanto que contrario a lo que pasa en mi vida real, he estructurado mi parte sentimental bajo un rígido esquema. Lo divertido de la rigidez es que cuando se rompe produce comedia, así que eso explica el por qué de mis predilecciones televisivas y culturales por el humor.

Me gusta cuando se rompe mi rigidez, pues eso me lleva a terrenos de riesgo mucho más desconocidos. Por eso estaba ahí, en un bus de servicio público desde Turbaco hasta la Boquilla (algo así como viajar en bus desde Fontibón a Chía), sin saber dónde bajar, cómo llegar ni mucho menos que terminaría recibiendo un detalle tan inolvidable como mi primer cuaderno Moleskine, agenda de notas usada por artistas y creativos. Viniendo de la persona que me lo regaló lo recibí con mucha emoción, tanta que recuerdo muy bien mi cara de estúpido y la frase con la que di las gracias: Yo que soy un hombre de palabras, no tengo palabras para esto.

La Genki Dama cargaba y veía como ese día iba in crescendo, pues con el cuaderno recibía otra misión: tomar la mayoría de fotos posible con una cámara que ahora me entregaban para ello, todo como parte de un ejercicio etnográfico de complementar puntos de vista: ya se habían tomado las fotos de la llegada a Cartagena en avión, ahora yo debía hacer lo propio pero desde mi flota y mi percepción terrenal en el sentido literal de la palabra. Creo que ese es el concepto de complemento para mí: unir el punto de vista con alguien que aunque no es igual, tiene muchos puntos en los que converge conmigo, al punto de parecer que nos conocemos de antes.


@benditoavila

martes, 10 de enero de 2012

Tayrona Bitch Resort

Nada tan gratificante como desconectarse de la realidad. No quiero sonar hippie, pues este año tampoco promocionaré el hippismo como estilo de vida; lo que quiero decir es que hay temporadas en las que es necesario resetearse la cabeza y dejar que el devenir de las cosas nos lleve a lugares inciertos e inimaginables. Veo que sigue sonando hippie, así que obviemos esta parte.

Nunca he creído en las cabañuelas, aquellas mañosas creencias que dictaminan el curso climático de un año según los primeros días de enero. Yo prefiero pensar que las cosas se van dando, la pelota va rodando y las horas van pasando, tal cual como debe ser. Lo cierto es que este nuevo 2012 he vivido los que han sido los primeros 10 días de mi nueva vida, los mejores de toda mi frugal historia, y si este año ha de ser como estos días, voy dispuesto a disfrutarlo hasta el último segundo.

Como siempre he creído que el que quiere historias debe salir a pelearse por ellas, empecé este año con una de las mejores decisiones que un hombre puede tener: viajar a un lugar desconocido con el mínimo de recursos. Aunque para muchos no hay nada como viajar solo, yo debo aclarar que me gusta viajar como sea, sin ton ni son, solo, acompañado y del mismo modo en el sentido contrario, pues siempre lo he resumido así: un buen viaje es el que se hace en época de temporada alta, pero con presupuesto de temporada baja.

Me gusta viajar porque me obliga a salir de la comodidad oficinista y me lleva a untarme -literalmente- de cosas que no están cerca. No tengo ningún prejucio machista o de género, pero debo confesar que desde hace mucho estaba buscando un viaje con solo amigos... sí, con solo antenas, y no porque me gusten -de hecho, yo le voy al Necaxa igual que Don Ramón-, es más porque mucho antes de que existiera El Man es Germán, yo ya me declaraba un macho alfa barrial, de esos que no pregonan la opulencia y que van detrás de una conquista personal para luego sí salir a bailar la danza de la fertilidad con la chiquita brava, la única y oficial.

Se darán cuenta, oh amados cabañeros y cabañeras, que he llegado a La Fiebre en un tono mañé, desproporcionado, burdo y mugroso. La verdad me gusta cuando puedo asumir la masculinidad también desde esta corriente, aquella tendencia callejera que es políticamente incorrecta pero que para uno se hace tan liberadora. Viajar sin guardar protocolos, ensuciarse hasta la coronilla y sentir la libertad de caminar por horas mientras no se piensa en más que en llegar a la meta, eso traduce hombría, eso es vencerse a uno mismo.

Hace un tiempo leí un libro llamado Salvaje de corazón, en el que se confirma parte de esta postura tan necesaria y carente en los cristianos: se nos ha hecho gatitos domésticos cuando en realidad el mismo Dios nos diseñó leones indomables, todo por prefabricar hombres que encajen dentro del sistema religioso contemporáneo. Se nos dice que Jesús es amor, que hay que poner la otra mejilla y que hay que permanecer en el perdón. Nunca negaría tales verdades, pero el Dios que he conocido también tiene su cara de ultraviolencia, de fuerza, guerra y unos que otros deseos de enfrentarse a una aventura, así esto implique raspones y rayones en la cara.

El destino fue uno de los más paradisíacos de nuestra linda tierra chibchombiana: la playa del Tayrona, o como se le debería llamar, Tayrona Bitch Resort, gracias a toda la fauna y flora animal que se puede visualizar en aquellas lindas bahías. El cuadro se compone con seis tipos distintos, guitarra propia, armónica prestada, par carpas, algunas latas de atún en la maleta y muchos kilómetros por enfrentar cuesta arriba y cuesta abajo. Lejos del miedo o la intimidación, había un profundo deseo de aventurar y conquistar la meta, para así cerrarle a boca a una que otra que no daba un peso por esto. Es curioso, pero fueron mujeres las que demeritaron esta iniciativa, nunca sabremos por qué.

Soy un hombre que presume de tener un buen paso a la hora de caminar: aparte de disfrutarlo, tengo lo que se necesita para llegar a donde sea tan solo con mis pies. Lo que sí nunca había hecho fue enfrentarme a una selva plagada de extranjeros y koguis, quienes ni se imaginaban que debajo de esas pesadas maletas y adentro de ese hombre con apariencia de niño -tal cual Jerry Rivera-, se estaba cocinando algo que lo hacía sentir invencible, casi inmortal, con un profundo deseo de gritarle al mundo que no hay nada más errado que una construcción de un hombre cristiano débil.

¿Me creerían si les digo que este es tan solo el preámbulo? Si no me creen, allá ustedes. Por lo pronto seguiré rememorando aquellas caminatas y sugerencias que los colinos nos hacían con tanto ímpetu mientras compartíamos transporte con ellos: nos decían que el Tayrona nos cambiaría la vida, porque allá uno puede fumar tranquilo, ver extranjeras ricas y que además tienen plata.

Los colinos se unieron con el señor chofer para despotricar de la ya conocida novela en el Tayrona y protagonizada por Bessudo, dejándonos claro lo fácil que es unirse cuando de criticar se trata, pero también que veríamos un paraíso privatizado y repartido que disfrutaríamos a como diera lugar. A decir verdad, a mí no me importaba si el Tayrona sería el lugar ideal para mambear o no, lo que esperaba era tener una historia qué contar al regresar.

Es curioso que en uno de los mayores orgullos turísticos de nuestro país uno vea más extranjeros que paisanos, pero así somos: soñamos con salir de este hueco para visitar los yunais, pero no nos damos cuenta que la panacea está en amar lo local, lo cercano y en entenderse desde ahí mismo. Obviamente no faltaron las excepciones, pues fueron varias las familias que acamparon junto a nosotros en actitud jovial y desparpajada. Eso sí, todos montando a caballo menos nosotros, porque las comodidades en paseo de hombres son para hombres... blanditos.

Siempre es fácil avanzar si se ve el camino, pero reitero: lo conocido y lo fácil no cabían en el itinerario. Así que si de aventurar se trata, era necesario recorrer trochas inclementes, so pena de perderse. Y efectivamente así fue. Ahí nos leemos después, en la secuela.


@benditoavila

viernes, 16 de diciembre de 2011

Colofón

Como toda empresa que se respete, hay un momento reflexivo en donde se hace el balance del año, se evalúan los ingresos y la relación de estos con los activos y pasivos. Como sea, esta empresa que es como un hijo, La Fiebre, no podía quedarse atrás ante tan digna costumbre oficinista. Así que consultando con la junta directiva y comité asesor -recordemos integrado por Agmeth Escaf, la Cicciolina, Alejandro Villalobos entre otros representativos adalides-, este lindo remedo de espacio punkero para dummies ha decidido recordar los mejores momentos del año que agoniza con el pasar de cada segundo.

Año que se respete en el calendario avilista, inicia como todo el Colombia: al revés. Aquí se celebra y convoca gente cuando todo el mundo está por fuera, pero no sobran los escenarios conmovedores y lindos ligados a los onomásticos. El 2011 prometía ser un año fructífero, pero no llegó a ser ni un sal de frutas, pues la efervescencia e hilaridad se fueron opacando con el paso de los días y como buen latinoamericano al que se le tocan las fibras amorososas, hay un momento de autorechazo en el que uno pide a gritos ser leído como grande, para darse cuenta que es esa particularidad la que lo tiene a uno en pedestales creativos que en realidad están hechos de arena blanda y placentera, como Digestar Jalea.

Este año hubo momentos oscuros, pero otros tantos más soñados e ilógicos que generalmente son los más cute para contar y a los que mejor les va en rating. Me trajo mucho placer encontrar historias en el tiempo y en los periódicos viejos, pues esos son rincones donde se alojan oraciones vertebradas que a nadie más parece importarle leer. Si uno escribe de rupturas y desahogos está pescando en río revuelto, pues queda comprobado, oh amados cabañeros y cabañeras, que lo que a ustedes les gusta es las historias donde Dios es el encargado del sorpresivo punto de giro, tal vez fue por eso que el lado oscuro de la fuerza hizo su coqueteo por esta zona de letras y letrinas.

En este 2011 se vivieron días de días, donde la música y todo lo que ella desarrolla en la vida personal tuvo su parte importante. Además, uno de los grandes me enseñó que la fe es algo que debo desarrollar a diario si quiero permanecer con los pies aplomados. Pero de un momento para otro y producto de una crónica reflexiva sobre el amor resulté siendo leído como una celebridad tuitera, cosa que me desajustó la cabeza y la verdad, alcanzó a inflar el ego -el champú para hombres-.

Tristemente me volví un bloggero asesino, un destripador de la diferencia que con carne entre los dientes agarró una Biblia como ballesta y acribilló a más de uno, creyendo que imitando el estilo de escritor maldito agarraría más adeptos, sin darse cuenta que debía haber un acto redentorio y menos autopromocionante, porque ya había mucho visionario suelto al que conocer antes de pararse como el Martín Lutero de la nueva era. Era hora de aterrizar antes de que el pecho se inflara como globo de día de Acción de gracias y terminara explotando e impregnando a todos los presentes con vísceras.

Este año fue el mejor y el peor al tiempo, en una extraña correlación de la muerte con la vida donde mi propia existencia tuvo que pasar por un crisol para purificarse y limar las propias asperezas existencialistas. Fue ahí cuando entendí que mi misión es dejar de buscar lo que otros tienen y más bien enfocarme en lo que tengo en mis manos, en mis dedos, mi voz y mi cabeza: descubrí que mis ideas deben ser decantadas si pretendo que este 2012 sea el año del vuelo y la caída libre.

En 2012, cumplo diez años de militar en el cristianismo, así que asumo que Dios mismo pondrá nuevo material, escenas nunca antes vistas y demás material inédito que daré a conocer después de las vacaciones. Me espera la aventura, la playa, algunos ciclos por cerrar y prometo como lo haría Terminator: Volveré, pero en versión 2012, listo para enfrentar a los mayas.


@benditoavila

martes, 13 de diciembre de 2011

El Vaquero Vásquez

En un recreo de 1996 me hablaron de un rockero que tenía un ojo de vidrio, se había sacado las costillas y además presumía abiertamente de ser satánico. Fui a mi casa y le conté a uno de mis tíos, quien riendo y crujiendo los dientes sacó un disco que hasta la fecha nunca he tenido frente a mis ojos -y oídos- por más de 2 segundos: Antichrist Superstar, del polémico Marilyn Manson.

Ese día mi vida se partió en dos. Recuerdo que pensé que era algo excesivo y macabro, aunque yo presumía de ser un guerrero todoterreno, tal cual El Chavo del 8 a los 8 años. Ese día de diciembre fue la primera vez que sentí pánico real y tangible, pues recuerdo que desde ahí desarrollé una fobia enfermiza por Manson, por su imagen, su música y todo lo que conllevara su fétido nombre. Era tanto mi temor, que dejé de salir a la calle, al baño y evité por completo estar solo toda esa temporada de vacaciones a sabiendas que la había esperado con vehemencia.

En 1997 vivía en un 5° piso. Recuerdo que si quería salir al parque, debía bajar los cinco pisos completicos y sin detenerme, pues en la quietud oscura habitaba Manson. Si lograba bajar a toda prisa veía la luz de las zonas comunes al final del edificio, pero si me rendía sabía que Manson me tarerearía su música al oído y me haría llorar del terror en una esquina.

Mi estrategia para no enloquecer en el encierro fue memorizar las rutinas de los del cuarto piso: el vecino salía a trabajar tipo 9 am y yo, sin importar el estado de mi piyama, salía corriendo a escoltarlo en las escaleras, pues nunca sería capaz de decirle que no podía bajar solo. Días de experiencia me enseñaron a bañarme y vestirme en tiempos récord, costumbre que conservo hasta esta era. Lo mismo pasaba cuando lo veía llegar por la portería: sin importar la hora de la tarde, si el vecino subía, yo me obligaba a ir tras él, pues lo veía como el pasabordo hacia la paz de mi hogar.

Me cansé de vivir atado al horario de otro, así que desarrollé la estrategia más inteligente: bajar las escaleras cantando o silbando a la mayor velocidad posible; pero después de varios tropezones en el piso 2, donde vivían unos mormones que me regalaban quipitos, decidí enfrentar ese miedo que la Revista Dini me alimentó al poner una foto del suso-dicho (Si Suso hubiese existido para la época, yo ahora sería asesino en serie) entre sus páginas. Empecé a salir haciendo de cuenta que nada me afectaba, pero las noches sin dormir empezaron a pervertir las rutinas de todos con los que vivía, con mi familia para ser más exactos.

Fue ahí cuando mi madre tomó la decisión arbitraria de llevarme a un pequeño lugar en la Autopista Norte con calle 146, espacio que en la actualidad es un motel con fachada de club llamado Nápoles. Allí conocí a Ariel, un Pastor que puso una mano en mi hombro (recuerdo que era la única que tenía porque era manco) y me dijo que debía renunciar al miedo tan pronto como fuera niño, porque de adulto este me iba a poner tropiezos para todo lo que intentara hacer. Salí a casa con un colorido casete entre el bolsillo, una grabación que conservo hasta la fecha y que tras infructuosos procesos de búsqueda, encontré en versión bizarra en YouTube:



El Vaquero Vásquez y su clásico "Venciendo el miedo" eran el grito desesperado de muchos niños- cristianos o no-, que temíamos con revisar debajo de la cama, dentro del armario y hasta escarbar en nuestras conciencias porque no queríamos encontrarnos con nuestra propia frustración. Eran otras épocas, donde el teatro y las representaciones en playback eran lo único que los cristianos podían aspirar a hacer. Confieso que si fuera niño en esta época y me abordaran para curarme el miedo con algo como esto, los abofetearía. Eran días limitados, pero con mucha pasión por cambiar el futuro.

Recuerdo que escuchaba ese casete en la mañana, mientras desayunaba, cuando me bañaba con la puerta abierta, en medio del almuerzo, antes de acostarme, entre cobijas y en cuanto momento pudiera. De hecho, esta fue la temporada en la que dejé de oír Colorín Colorradio porque la historia de un perro miedoso era perfecta para mí: otro perro miedoso.



Después de recibir esta inyección de fe, empecé a enfrentar mis temores y a crecer -en el interior del mi corazón, claramente-. Creo que un niño con miedo es reflejo de una sociedad inestable que no ha sabido protegerlo o que en su defecto, no ha ofrecido un escenario con los fundamentos para que el infante descubra su personalidad y demás virtudes.

Después del párrafo patrocinado por Gilma Jiménez, no queda más que recordar esos pasillos oscuros, esos apagones de conciencia y demás esquirlas de intimidación que la infancia nos deja incrustadas. El miedo será algo que siempre enfrentaremos, pero entre más rápido salgamos de ahí serán muchas las oportunidades que se podrán aprovechar.

Le tuve miedo a Marilyn Manson, a la canción de Los Victorinos, al opening de un programa llamado Monstruos, a los perros grandes y a la soledad. Va uno a mirar atrás y el Vaquero Vásquez tenía razón: el miedo hay que expulsarlo y no ocultarlo detrás de valentías infantiles, porque cuando uno crece se da cuenta que lo que no hizo de niño dificilmente resolverá de grande.


@benditoavila

Pan que viene del cielo

Hace 16 años Jacques Anento, un francés alto y de sonrisa agradable, decidió darle un giro completo a su ya particular vida: tras sobrevivir a un inesperado cáncer de riñón y a una fractura en su columna vertebral, este parisino y artesano del pan inició la aventura de tener su propio lugar gastronómico en Bogotá.

El cáncer y la fractura dejaron huellas imborrables en el cuerpo de Jacques, quien asegura que cuando va a piscina con sus dos hijos no le sorprende que los demás asistentes observen cautelosos por más de media hora sus heridas. El cuerpo de Jacques ha sido cosido con hilos de oro, pues más que ser un excelente cocinero con formación en administración de empresas y ciencias económicas, es un hombre de fe y de propósitos cimentados en las lecciones de vida de Jesús de Nazareth. No en vano en la locación de su pastelería está enmarcado el nombre de cinco letras del salvador, cinco letras doradas que auguran que la pastelería y las artes culinarias que al interior se experimentan tienen un propósito celestial.

La pastelería francesa es reconocida como la más exquisita a nivel mundial. Según Jacques, la madre de la pastelería y de la cocina es Francia, de ahí sale toda la esencia y todas las recetas. El argumento para justificar esta admiración no se basa tan solo en su nacionalidad: Jacques ha recorrido el mundo probando diferentes ingredientes, sabores y texturas; de hecho, cuando Mallpocket habló con él en una pequeña cafetería del barrio La Castellana, habló de su reciente viaje a Estambul para probar la comida mediterránea, donde los sabores son increíbles “pero ya toca sazones, colores, frutos del mar”.

La comida no es solo una escala jerárquica en donde la corona de la exquisitez pastelera se la lleva Francia: la comida es un encuentro, un momento, un espacio fundamental en un hogar. Es por eso que según Jacques, el día de la Navidad es un tiempo de encuentro donde la familia debe sentarse a la mesa también con Jesús, pues “siendo Jesús hombre, el man también tenía hambre y también comía. Por eso para conmemorar su nacimiento no hay mejor detalle que hacer un banquete”.

Según Jacques, toda buena pastelería debe tener su ratatouille, plato celestial y típico de la provincia francesa que destaca por su encantador aroma y textura. Además de la ratatouille, se puede probar el pavo relleno de carnes, especies, finas hierbas, champiñones, pistachos y marañón; todo esto en función de la reunión familiar, que para Jacques es lo verdaderamente importante de la celebración.

La cena puede ir acompañada de troncos navideños: rollos formados con una masa semi helada a cinco grados centígrados, la cual puede ser de Amaretto o Bayleys y se puede rellenar con moca, café, chocolate, tiramisú, mascarpone, pistachos, frutos del bosque, fresa, arándano o agrás. Para acompañar también están las st honoré : repolllitas con crema pastelera caramelizada que se montan como si fuera una pirámide y al parecer simulando un árbol navideño. El nombre proviene de un archiobispo que se llamaba Honoré, quien fue canonizado y fue convertido en el santo de los pasteleros.

El mejor día de venta en la pastelería siempre ha sido el 24 de diciembre, jornada en que la caja registradora alcanza a facturar el 50% de las ganancias de todo el mes de diciembre. Este año Jacques tomó la decisión de no abrir este día, pues según él, esta idea tiene un propósito divino: permitir que sus empleados compartan con sus familias el banquete navideño y descansen. Esta decisión, criticada por muchos y alabada por otros, también fue tomada en función de la salud de sus empleados: Martha, la gerente, sufrió años atrás un derrame cerebral justo después de una agitada temporada decembrina de trabajo.

Aunque Jacques no revela sus secretos, es claro en afirmar que “el arte de la buena cocina está en tener ingredientes simples y mezclarlos con excelencia, pues lo simple bien hecho es lo que más gusta”. Esto se puede percibir también en cada detalle del lugar: la decoración, los aromas y el saludo gentil y sincero de sus trabajadores, quienes también han vivido la navidad de formas un poco bizarras pero se preparan para descansar este año en sus vacaciones: Jacques tomó la decisión de cerrar el servicio al público desde el 23 de diciembre a las 8 de la noche, hasta el 12 de enero de 2012.

Para Jacques, más que la comida lo que importan son las personas. Este año ha tomado la decisión de llevar a un cliente a un tour gastronómico de tres días por las mejores pastelerías del mundo: las que están en París. El ganador tomará una clase en una escuela de alta factura y el premio será rifado antes del 23 de diciembre. Aunado a eso, el tour incluye una visita a la Iglesia Hillsong en París, “El mejor lugar para estar en Navidad”, según Jacques.

En Jacques hay muchas opciones de donde elegir la mejor comida para esta Navidad: entre postres, pavos, perniles, panes y demás viandas acomodables en la ancheta al gusto, otra opción para los inconformes. Lo cierto es que la Navidad también es gastronómica, pues no hay nada más bizarro que encontrar un pastelero desinteresado, desprendido y que además hace uso con orgullo de su cristianismo, todo ello adobado con azúcar, huevos y cocinado a temperatura ambiente.


Publicado en la REVISTA MALLPOCKET www.mallpocket.com

viernes, 2 de diciembre de 2011

Modo Avión

Me gustan los aviones. No tanto como para coleccionarlos o aprender de modelos y tipos, lo mío es un placer lejano y más ligado a la simpatía, porque cuando a mí me gusta algo me vuelvo especialista acérrimo en ello. A mí los aviones me parecen chéveres, muy experimentados y con mucho mundo encima, cosa que yo no me precio de tener -literal y figurado-.

Desde pequeño, jugaba en el Satánico Tomás -claustro escolar donde inició mi vida creativa y delictiva- a atrapar aviones. El juego era simple: como buen tomasinito simulaba estar en clase -porque en realidad me la pasaba pensando en el fin de semana-, y si de repente un avión volaba cerca, me asomaba por la ventana y le apuntaba con mi letal mano izquierda con disimulo. Mis dedos se abrían y cuando lo tenía en la mira, ¡zuácate! lo atrapaba de un zarpazo y lo ocultaba con la inocencia propia de la época.

El juego no terminaba ahí, pues para que el avioncito reposara en el bolsillo de mi chaqueta inspirada en vestuarios de frailes dominicos, alguien debía darme un ligero golpe en el canto de la mano cerrada, detonando una conexión entre dedos apretados que pretendían encarcelar al elemento que siempre me ha significado libertad. Ahora ya no atrapo aviones, porque yo mismo he decidido ser más avión que todos los aviones conocidos y por conocer.

¿Será el afán por volar o el deseo de escapar? Lo único que tengo claro es que no habría aviones si no existieran los aeropuertos, aquellos extraños lugares donde inician o terminan muchas de las historias. No tengo millas de viaje ni horas de vuelo acumuladas, lo único que manejo son ideas y sueños que espero no dejar en el aire -ni siquiera literalmente-.

Se me viene a la cabeza la canción de Charly García y pienso en aquella frase que una compañera de la universidad tuvo en su messenger toda la vida: "Un amor real es como vivir en un aeropuerto". Seguramente Charly se refería a lo etéreo que le resulta el amor, pues es un ir y venir, es como soñar y estar despierto. Si el amor es volar, sentirse entre nubes y tocar el cielo, me encantaría vivir en una aeropuerto, para además de presenciar historias ajenas tener la oportunidad de escribir y protagonizar la mía propia.

Estoy en el aeropuerto y aunque ante mis ojos desfilan muchas historias, me quedo viendo cómo Cristóbal se seca los ojos con disimulo, pues nunca le ha gustado que Diana lo vea en sus momentos de debilidad. Ella siempre supo que este día llegaría, aunque detrás de las promesas que se hicieron en el altar hubo muchas otras encomiendas que se fueron olvidando con el pasar de los años.

Ahora ambos están fundidos en un cálido abrazo, donde más que esposos que han compartido la cama y el techo los últimos quince años, son amigos, amantes, son uno. Ahora Cristóbal agarra la maleta, levanta el mentón de su amada y entre sollozos que no sabe disimular, le lanza la frase lapidaria que logro leer de sus labios: -Allá te espero. El hombre enfila su camino hacia la salida internacional, el lugar que lo llevará a un mejor futuro, para él y para Diana.

Ellos no lograrán abordar el mismo avión, ni compartir sus ideales a los mismos pies de altura: ahora el aire de muchos kilómetros los separa y los lleva a decidir destinos distintos. Diana sigue su vida y Cristóbal también. Yo decido que este 2012 será un año en el que dejaré de lado tanto rol de espectador y sacaré mis alas, las afilaré y puliré para que las aspas y los motores estén lo suficientemente aceitados para cuando me llegue el momento de la caída libre. Este 2012 será el año del modo avión, donde espero que las cosas memorables no se me escapen por haber desactivado el servicio.


@benditoavila

-Charlie- Ávila

Ahora que lo pienso, llevo muchas entradas citando a mi apellido paterno. ¿Habrá alguna intención oculta detrás de esto? Espero que no, pero debo aceptar que tras casi 23 años de oír cómo la gente se aprende mi apellido no tanto como mi nombre, he decidido valorarlo como nunca antes. Soy Ávila y hago aviladas, como cualquier Ávila que se respete.

Esto ya se ha dicho mil veces aquí en La Fiebre, así como la perpetua creencia de un Dios que hace milagros creativos a diario. Siempre he resumido mi biografía con la siguiente frase: "No de los Ávila bien, sino de los bien Ávila". Pero como hoy no voy a hablar de mi papá, les dejo el link de un buen flashback avileño para que se entretengan.

Me causó especial interés la visita del actor Charlie Sheen a Cartagena, que para este punto es periódico de ayer. Carlos Estévez -como en realidad se llama el susodicho- pisó nuestra tierra y disfrutó de nuestras playas, brisas y mares. La discusión se detiene aquí, porque si vamos a hablar de lo que se esnifó, inhaló, consumió, probó y recibió se nos va la entrada sin tocar lo importante: pisó Colombia luego de abandonar una de las mejores comedias que la televisión ha visto en los últimos años: Two and a Half men -eso sí, nunca como Chespirito o Seinfeld, los verdaderos integrantes de mi Olimpo de la comedia-.

Según algunos periódicos locales -pero no por ello respetables-, el actor que reemplazó a Sheen en la comedia "no ha logrado la empatía del público ni los niveles de audiencia que alcanzó su estrella original". Es tan indiferente que ni siquiera he mencionado su nombre, por si no lo han notado. Con ello no quiero decir que no me guste su trabajo, solo que es impresionante ver cómo un actor se puede hacer indispensable y vital para un producto, hasta el punto que a pesar de su salida lo siguen involucrando dentro de la trama de la serie.

Lo curioso de leer el comunicado anterior es ver apartados como este: "La jugada más reciente del equipo de creativos de la serie fue apelar a lo sobrenatural para 'revivir' a Charlie Harper (interpretado durante ocho años por Sheen) y darles una bocanada de oxígeno a las alicaídas estadísticas que ya no tienen al programa como uno de los más vistos de la televisión estadounidense".

Si siguen leyendo, oh amados cabañeros y cabañeras, sabrán que los productores planean traer al espíritu de Charlie en una posesión, además de desnudar al reemplazo para que con su esbelta figura haga las delicias de todas -y todos, por aquello de la inclusión-. Luego se mencionan a los guionistas, quienes tienen la misión de desarrollar tensiones entre el reemplazo y su madre -la de él-, calcando el mismo cuadro original de repudio que Charlie tenía con Evelyn, su progenitora en la serie.

Me impresiona que se escriba un personaje para un actor y que a la hora de bautizarlo prefieran ponerle el mismo nombre como una forma de homenajearlo y casi que atarlo al referente: no en vano Charlie Sheen ha llevado una de las vidas personales más polémicas que la misma televisión ha querido llevar al plató. Si bien Sheen no es mi modelo a seguir, sí me genera interés eso de crear personajes casi biográficos, a tal punto que la ficción se termina fundiendo con la realidad.

Esa es la dinámica de la televisión: haga cosas memorables, luche por hacerse indispensable y esfuércese porque las cosas sigan así usted ya no esté, pero siempre recordándolo. Yo soy Charlie Ávila, un joven que trabaja en televisión y que aunque conoce estas mecánicas maléficas -pero no es una celebridad cuando va a Cartagena-, también sabe que detrás de esto hay un engaño sutil y más efímero que el éxito de José (con tilde en la é) Gaviria como cantante.

Lo más triste es que así como le pasó a Anakin Skywalker, uno puede convertirse en lo que juró destruir: el ascenso hacia el cadalso Sith es amplio y cómodo aún para los mejores Jedi. Nadie está excento de volverse un Charlie Sheen versión cristiana: embebido de excesos, ávido de reconocimiento y sediento de fama, desconociendo que el sentido no es autopromocionarse como el nuevo Lutero, o como la estrella con más luz, sino amar y aportar para que Él sea quien brille. La estrella brilla más en la medida en que ha sido más estrellada y su fulgor es reflejo del sol, no de sí misma.

Ahora entiendo por qué Dante Gebel decía algo como lo siguiente: "Toda espiritualidad que se promueve ya tiene algo de enfermedad. Todos aquellos líderes que van por la vida propagando sus virtudes estarán siempre a un paso de la catástrofe moral y espiritual. Cuando escuchamos a personas que hablan de sí mismas como si fuera de otras personas, de un personaje, es porque estamos ante un candidato al desastre. La historia es un fiel testigo que esto siempre fue así. Por eso es preocupante que haya tantos jóvenes queriendo 'llenar estadios', 'conmover naciones' o 'llegar a la televisión' (énfasis añadido) y no porque esas metas estén mal en si mismas, sino porque es muy probable que la motivación esté totalmente fuera de la voluntad de Dios".

Sigo sosteniendo que la televisión necesita personajes, actores y referentes que lleven a pensar algo más que el placer y lo banal, que aporten desde sus letras debates éticos, morales y espirituales; pero no por ellos mismos, ni para engordar los orgullos: Llegar a la televisión es una responsabilidad que en este 2012 tendré la tarea de aterrizar.


@benditoavila

lunes, 28 de noviembre de 2011

Gray Matter

Desde que estaba en el Colegio prometí no volver a hacer teatro, ni volver a jugar fútbol ni muchas otras cosas. La costumbre es hacer promesas al aire y contradecirse con los años: juré sobre mi tumba que antes de alisarme los crespos me los cortaría y eliminaría, pero fallé. Esta semana que pasó le eché tierra a esta impúber promesa, como si jamás en la vida lo hubiera dicho o siquiera pensado.

Me doy cuenta que todos nuestros dramas parten de la cabeza, y esta vez es literal: los pensamientos, las intenciones y hasta el pelo interactúan en sincronía, haciéndonos pensar diferente y vivir diferente. Tal vez es por eso que ver la vida distinto ha hecho que tenga muchas historias que contar, pues no es que haya vivido mucho, más bien es que sé narrar lo poco que me pasa. Vengo de una semana de trabajo mental, de conexiones sinápticas y alucinógenas que han arrojado mucho –o muy poco- material cabañero, que por supuesto traigo en primicia.

Antes de pensar en un cerebro ajeno y su funcionamiento, decidí reflexionar en el mío: una cuna de ideas formadas por sustancia blanca y materia gris. No es misterio para muchos que le he dado una importancia casi “descerebrada” al cerebro y a las neuronas que lo componen, pero esto no hubiera llegado de no ser por la observación, la experiencia de vida y el toque celestial.

En el año 2007 surgió una idea que para muchos fue revolucionaria. Nos pidieron hacer una obra de teatro con contenido cristiano y para público juvenil. Lo más revolucionario fue que los que lideraban la actividad se acercaran a mí y me preguntaran: ¿Qué se te ocurre? ¿Cómo lo harías realidad? La vida real son esos momentos en los que se define lo ínfimo, lo mínimo y lo que para muchos es trivial, pero para otros es un cambio de vida. En el momento en que se cocinó esa pequeña idea, donde se evidenciaría el cerebro de un joven universitario pero encarnado por las neuronas que ejecutarían sus pensamientos, algo en mi interior se prendió para hacerme ver que estaba disfrutando eso de escribir personajes, eso de hacer reír y eso de poner a la gente cabezona –con la salvedad del término- con ciertos dilemas morales, espirituales y creativos.

Ese fue el origen de Materia Gris: muchas cabezas aportando, tres cabezas concretando y mil cabezas reflexionando. Todo para dejar claro que la primera cabeza por revisarse fue la mía, una cabeza crespa que tras casi un lustro puede ver y ejecutar lo que el pensamiento colectivo necesita. Mi cabeza ahora está purgada de intencionalidades faranduleras, de necesidades verduleras y sobre todo de motivaciones desconectadas del verdadero plan: que muchos vean su cabeza y sientan que han sido hechos únicos, con las exclusividades propias del Creador en sí mismos.

Han pasado los años y mi cabeza ahora esconde los crespos. Me aliso el pelo para encarnar un personaje tan parecido a mi anterior yo que asusta. Me veo distinto, me siento distinto y eso me permite distanciarme de estar exhibiendo gran parte de mi vida en una historia casi biográfica, que para muchos ha sido tan solo una comedia con puntas dramáticas.

Ahora entiendo por qué esos días de funciones ha habido atracos, problemas laborales, opresión faraónica, sobredosis babilónicas y enfrentamientos al estilo Mundo Aventura: porque seguramente hemos sido muchos los que nos hemos visto reflejados y reflexionados desde la puesta en escena. Lo importante es ver que lo que uno escribe y crea le sigue hablando a uno mismo, pues finalmente la escritura exterioriza y pule el don que ya ha venido de arriba.

Para terminar, quiero generar un exquisito comparativo y en primicia mostrar cómo entre más las cosas evolucionan y más se añejan las ideas, el resultado puede llegar a ser más poderoso. He aquí el ayer y el hoy de un mismo pensamiento:

El ayer:
https://www.facebook.com/photo.php?v=6997656106&set=t.577241674&type=2&theater

El hoy:
http://vimeo.com/29327537


@benditoavila

lunes, 21 de noviembre de 2011

El cristianismo darks

Para leer esta entrada se debe obligatoriamente ver el siguiente video, cortesía de un gran amigo y socio de la violencia cristiana, apodado en el bajo mundo como "El Benjamin". Si usted es prejuicioso, amaneradamente mezquino, religioso o en su defecto todas las anteriores, abandone este blog por amor de usted mismo. Advierto que el video puede contener material explícito, así que es mejor que nadie lo vea. Si después de verlo quiere más, no lea este blog, cierre inmediatamente el explorador de Internet, reinicie su computador y haga de cuenta que no ha pasado nada.



Siempre he creído que las ideas revolucionarias son las que cambiarán el mundo, no la tradición mal contada. Creo también que para tener ideas que valgan la pena publicarse, es necesario salir del montón, de la comodidad y de la cultura que nos ha tenido sometidos a hacer las cosas de formas heredadas. No tengo problema con lo que nuestros ancestros nos han dejado, pues sería bastante tonto denigrar del legado que llevamos; el punto es que estamos en una era donde los receptores no se deben leer como antes, en función de escuchas solamente: ahora los receptores también son emisores, y esto demanda que se reevalúen las dinámicas de comunicación en todo nivel.

Después de este párrafo teórico -la cara académica y seria que mis detractores no saben leer y toda darles desmenuzada-, vamos a lo que nos interesa: lo darks y lo incontable. Finalmente por eso visitan este hijo-blog, ¿Cierto, oh amados cabañeros y cabañeras? Les gusta que se les dé su buena dosis de mordacidad cristiana por vía intravenosa, aunque lo nieguen.

"Como puedes ver, así como los peces fueron creados para nadar y los párajos para volar, yo fui creado para "noquear" a todos aquellos que no les gusta evangelizar". ¿Habrá algo más maravilloso que un ser que ha entendido y reconocido para qué está en la tierra? creo que no. Es tiempo de dejar plasmada y retratada aquí en La Fiebre mi admiración y respeto sinceros por El tacleador evangelista, quien junto con Chespirito, Dante Gebel y algunos otros creativos, ha entrado a mi lista de honor de héroes.

Tal parece que todos necesitamos dar a conocer un cristianismo así, pues han sido varias las décadas en las que la sociedad ha leído a los cristianos como seres tan espirituales que carecen de pensamiento, capacidad de selección política y criterio. Muchos hasta dan por hecho que los cristianos son seres asexuados, sin fuerza física y sin ápices de violencia. Nada más erróneo que pensar el cristianismo desde la debilidad: de hecho, la Biblia dice que el Reino de los Cielos avanza contra viento y marea, que además sufre violencia y solo son los valientes los que son capaces de integrarlo.

Nada más darks que ser cristiano y joven. El tacleador evangelista -que aparte de ser darks es negro- nos alecciona acerca del miedo, de la falta de efectividad en cuanto al cristianismo que vivimos y hasta en lo míseros que nos podremos llegar a ver si vivimos como todo el mundo. Para mí, ser cristiano y ser aceptado es un oxímoron: somos nosotros el lado B del disco, la mancha negra (darks) en el lienzo blanco, el mugre en la pared, y como lo diría Rescate: el pelo en la leche.

El día en que como cristianos entendamos que estamos en la tierra no para caer bien, sino para importunar y promover una verdadera política del amort y de la violencia, avísenme por favor. Seguramente saldré al aire en televisión y buscaré que la gente escuche mi verdad.


@benditoavila