viernes, 13 de noviembre de 2015

De puertas para afuera

Se va acabando el semestre, y por estas semanas la cabeza deambula entre el cansancio y el estrés, entre el agotamiento propio de todo el año y la incertidumbre de si el corte queda arriba de tres. Lo cierto es que con la llegada de fin de año se da inevitablemente uno que otro momento reflexivo, donde todos alguna vez nos hemos preguntado: ¿Qué estoy haciendo con mi vida? ¿Todo esto sí valdrá la pena?

Esas preguntas llegan en un punto de la existencia y sin tener que estar entonado, se los aseguro; lo que sucede es que detrás de ellas viene otra peor: ¿Sí aprendí algo este año? Y va uno a ver y sí, cositas, tipcitos, daticos, porque todo lo que no se procesa y aterriza queda en diminutivo en el cerebro. Es por eso que nos esforzamos mes a mes por darles los mejores datos cocteleros, pues si no aprendieron en clase, buscamos que por lo menos lleguen a la casa con la revista en la axila y queden como unos sabihondos de la cultura pop después de leerla y compartirla. Por algo se empieza.

Decía John Lennon que la vida es eso que pasa mientras estás ocupado haciendo otros planes, y tenía razón, porque a veces vivimos tan aislados dentro de las aulas de clase, bibliotecas y demás templos académicos que se nos olvida el lugar donde hay otro tipo de sabiduría y aprendizaje: la calle. Sí señores, la calle tiene un fuerte lado pedagógico que deberíamos aprovechar más, finalmente esa también va pagada dentro de la matrícula semestral.

Después de la casa y la universidad, la calle es tercer espacio donde más pasamos tiempo, ya sea transitando, esperando un bus, echando ojo y hasta cuidándonos de uno que otro chicungunya con bozo y saco de Warner Bros. Como universitarios amamos la calle, porque es la forma en la que capturamos la realidad de la etapa en la que estamos, y está bien que ella nos enseñe cómo esquivar vendedores de incienso, predicadores furtivos, manifestantes de todo tipo. En la calle se aprende algo que no enseña la universidad: la importancia de perder el tiempo.

En el colegio, ya queremos estar en la universidad; en la universidad, ya queremos ser profesionales; pero cuando empezamos a trabajar nos damos cuenta que la vida no para, que el ritmo adulto tiene su elemento desgastante, y que tal vez faltó disfrutar un poquito más ver personas pasar, tener conversaciones sin sentido o simplemente reír en las escaleras, en la entrada de la cafetería, en el paradero, o donde sea, porque la vida universitaria no es lo mucho que estudiemos, sino las emociones y recuerdos que nos quedan de esos aparentes momentos sin sentido.

Esta es la Mallpocket callejera, la misma que viene del futuro y que espera que la disfruten tanto como nosotros al hacerla. En mi caso personal, esperé esta edición para asegurarles que uno no aprende grandes secretos de la vida haciendo lo mismo en el mismo lugar. Por eso, antes de que sigamos suspendiendo la vida sin aprender a vivirla, sacudámonos y salgamos a correr el riesgo de dedicarnos a ser expertos en el ocio, perdamos el tiempo en los hobbies que a nadie le importan, gastemos los días en lo que nos apasiona pero que nunca nos dará de comer. Hagamos lo que los hace felices, compremos un bajo y hasta una melódica, ensayemos triunfar y también fracasar, vivamos y dejemos vivir, mucho más si es de puertas para afuera.

Ese es mi mensaje, y resulta emotivo porque es mi última edición como Director Creativo de Mallpocket. Agradezco profundamente a este equipo tan maravilloso, pero mucho más a las manos y ojos que nos han leído por más de 35 ediciones. El mundo es de ustedes, así que salgan de la zona de confort y disfruten la vida como debe ser.


Publicado en la Revista Mallpocket del mes de Noviembre de 2015

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