lunes, 1 de junio de 2015

Matrimonio en Cartagena

Si de algo puedo presumir en la vida, es de tener un prontuario matrimonial alto. Claro, como asistente, porque de protagonista todavía no he fungido nada más que en las mentes de quienes deliran y hasta se atreven a describir cómo será mi casamiento. No hay nada que me fastidie más que eso, que me atarzanen en plena ceremonia ajena y con cierta sorna pregunten que cuándo es el mío, que yo veré dijo la nube, que si necesito ayuda para conocer a alguien, y así, como si uno fuera un impedido que no supiera hablar o conquistar, o como si uno no supiera que está soltero. ¡Gracias, genios, no me había dado cuenta!

Lo cierto es que he ido a decenas de matrimonios desde que tengo memoria: de niño fui pajecito tantas veces que siento haber quemado todas las ganas de usar corbatín con Converse mucho antes de los 10 años, por eso no le veo gracia a la gente que se casa en tenis y se creen la maravilla. Crecí -en sentido figurado- para seguir siendo pajecito adulto, que es estar en la corte de los novios. He desfilado por muchas entradas matrimoniales y diligenciado tantos sobres como para llenar de cartas a los secuestrados que aguardan mensajes en la selva. En definitiva, me gustan los matrimonios, tanto que me dan ganas de casarme con uno de ellos.

De todas las formas de casarse, ya tuve la oportunidad de asistir a una en la cual jamás tuve fe: el capitalino matrimonio en Cartagena. Sí, porque no hay nada más rolo que casarse en la costa y todo lo que eso implica. Matrimonio en Cartagena: el sólo título ya me suena a película de dudosa reputación, porque puede ir desde lo erótico de una aventura con una amiga de la novia, hasta lo terrorífico de terminarse peleando con unos vendeostras; pasando por la comedia de pagar $15000 por una botella de agua y hasta el drama de salvar a un amigo de las garras de un travesti obsesionado con él. ¡Es que todo puede pasar!

 Aquí el altar, los novios con vista a una especie de yate y los invitados con arena en sus alérgicos dedos.

Pero mis neurosis empiezan cuando me invitan, pues de entrada pienso que me tienen mucha fe. En este caso, asistí porque quiero mucho a la pareja protagonista y porque la novia es oriunda cartagenera; pero no puedo negar que tan pronto me comunicaron su intención de casarse en el Club Naval, mi cabeza, que además no sabe sumar, empezó a hacer cuentas alegres: tiquetes, estadía, plata para mecatiar en cositas, y hasta la pinta, que en últimas para mí es lo de menos. Y es que la boda bogocartagenera demanda que usemos guayabera, chiro hediondo que lo pone a uno a transpirar como caballo, cosa que es lo que uno menos quiere en tierra caliente. Yo, como creativo que aprendió a disfrazar de ingenio la pobreza, descubrí que arrugando una camisa manga corta blanca, podía pasar inadvertido como uno más. Háganlo, se ahorrarán $150000. La propina es voluntaria.

Y además, uno sabe que hacer cuentas, planear y ahorrar es todo lo opuesto a visitar Cartagena, la ciudad donde los matrimonios son otro negocio turístico. Para mí, hay cierto de snob en eso, y no lo digo de resentido: casarse en Cartagena es play, gomelo y algo pretencioso, pues uno de entrada sabe que dejará cierta imagen de opulencia cuando la gente vea las fotos en Facebook y envidiosos den like, porque algunos de ellos no alcanzarían a armar una boda ni en Cafam Melgar, que para mí es mejor inclusive que Disney World.

Mi vista desde la mesa. Si tuviera Instagram les mostraría la comida sin filtro.

Gracias a Dios mis amigos no nos obligaron a bailar mapalé con nativos de la región, ni a ponernos marimondas para las fotos con las palenqueras, que es al cliché que más le temo cuando voy a la costa. En el fondo entiendo que ese era su sueño: casarse en tierra caribeña para marcar así el inicio de un amor de realismo mágico. Yo, como de todo aprendo en la vida, ahora quisiera casarme en Cartagena sólo por una razón: estoy seguro de que el tacaño promedio no irá, y con eso me ahorro la tarjeta y la intención de convidar a gente que sólo le interesaría ver a mi familia, o de invitar por protocolo leguleyo a quienes ocuparán silla inmerecidamente. Para mí, los que son son los que están, los mismos que tienen claro cuándo no faltar y cuándo es importante invertir. Y desde ya los entiendo, porque nada más jarto que pegarse sendo viaje para acompañar la concreción del sueño de otro, mucho más cuando les tocará aguantarse una que otra neurosis de mi parte.

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