martes, 16 de julio de 2013

Ridículo

Hace casi un año hice mi debut en la comedia malparada, y desde ahí me quedó gustando eso de los escenarios, lugares donde se libran poderosas batallas con el público tan solo por el anhelado botín: su risa. Me gusta hacer el ridículo, que se rían de lo que digo y hasta se ofendan, porque eso de la comedia no admite tonos medios ni sensiblerías. Por algo, Diego Camargo dijo que un comediante que no se mete en problemas no es un comediante. Hay que ser brutalmente honesto y a la mayoría de seres humanos lo que menos les gusta es que alguien les diga la verdad en la cara.

Falta pelo para moño, pero lo cierto es que nunca pensé que podría vivir haciendo el ridículo. Confieso que uso la comedia como una herramienta de denuncia y de emocionalidad previa a un punzazo, pues no hay nada mejor que hacer que la gente se ría mientras sigilosamente se les está lavando el cerebro; pero también que es la forma de ponerse en comunión con el otro, como dice Luis María Pescetti.

La comedia es esa empalagosa y emocional maña de alegrarse ante el dolor ajeno, regodearse en el caído y darse cuenta que siempre habrá alguien peor -y mejor- que uno. Hacer reír es satisfactorio, mucho más cuando se logra habitar entre el lado agrio y el dulce del hecho cómico, donde uno expone el dolor y la frustración personal para que muchos exorcicen sus penurias. La risa libera a través del tabú, de lo que pocos se atreven a decir.

Lo mejor es encontrar que hasta la misma Biblia habla de este importante carácter aburdo y ridículo de la fe. Sí, hay que estar mal de la cabeza para creer que si se trabaja seis días de los siete que tiene la semana, se va a ser más productivo; o que se puede vivir en prosperidad usando solo el 90% de los ingresos. No en vano, el mensaje de amor de una cruz es tomado como una ridiculez para los que no creen, pero para los que sí es la salvación en sí misma.

A mí me aburre el ya trillado concepto Jesus Freak, porque se volvió la excusa chocoloca para rebelarse sin tener clara la intención del corazón para hacerlo. Si miramos la historia, los Jesus Freak no eran loquillos que se sabían las coreografías de canciones, o que estaban a la última moda en música cristiana; eran mártires, gente que persistía en hablar de Jesús y que estaba dispuesta al rechazo, al escarnio y hasta a hacer el ridículo por la causa del Reino.

Escribir es un acto íntimo, actuar es un acto público, pero hacer comedia es la mezcla peligrosa de exponer esa intimidad por una causa mayor. Pero como esto no se trata de hablar con ingenio, es hora de reconocer que el cristiano en sí mismo es un objeto de burla usado por Dios para salvación. La gente a veces no entiende por qué hago o digo cosas, pero el plan de Dios para mi vida es que haga el ridículo, porque solo así puedo ser usado por él.

Si el plan es ese, seguiré buscando la forma de mostrar que es y será mi vida hacer reír, generar emociones y reacciones que hablan de un Dios que está conmigo, y quiere estar con quienes aprenden a reír a manbíbula batiente ante lo cruda que puede ser la vida, mucho más si se está lejos de él.

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