martes, 19 de marzo de 2013

Parsimonia


Lo malo de tener tres trabajos, seis roles personales y uno que otro trastorno, es que no puedo darme el lujo de perder ni un solo segundo. Para mí, egresado universitario y endeudado empleado hasta la médula con el Icetex, el tiempo se ha vuelto mi valor más preciado. Es lo único que tengo y además puedo ofrecer. Suena tonto, pero valoro mi tiempo y no lo desperdicio si no le veo provecho. Así que quedarme en un Éxito en la Clínica Cafam, esperando dos horas para un elegante evento con otros oficinistas es un lujo que me duele tomar. Lo bueno es cuando por algún giro del destino esos tiempos de espera traen sorpresas y permiten presenciar cuadros como este:

 Perdonen el píxel. Mi teléfono es más bruto que inteligente.

Es una calurosa tarde capitalina, así que decido entrar al Éxito (que entre otras cosas debería pagarme por mencionarlo más de dos veces) a cambiar un billete de alta denominación como siempre lo hago: comprando papas naturales y helado. Ya adentro, sudando el gabán y cargando una la maleta repleta de libros que a la fecha nada que termino de leer, acepto seguir un rompetráfico que reza: Cafetería Pública. Me causa curiosidad eso, que un almacén capitalistamente salvaje que además se devoró a Cafam, mi preferido de infancia, ofreciera un espacio tan democrático, así que tomo asiento para hacer lo que menos me gusta en esta puerca vida: esperar.

Esperar cuesta, duele y desespera. El tiempo se congela mientras más uno espera que avance, como si la eternidad hiciera su entrada. A mí me cansa tanta mamertada y hippismo literario, porque detrás de esas letras románticas hay un escritor diluyendo la acción, enmorcillando y alargando lo que se podría contar con prontitud. Mientras me siento, destapo las papas y las como afanado, como si de mis masticadas dependiera el avance cronológico. Lo curioso es cuando me doy cuenta de que suena una canción que contrasta directamente con lo que veo, como una música incidental de la vida real:

  Ídem.
 
Si hay un lugar que raya en la inutilidad, es una cafetería sin comida. En esta la especialidad es el deleite, no de oído ni de gusto, sino de caldo de ojo emotivo producido por ver a un grupo de ancianos leyendo revistas de farándula con el mayor de los placeres. Todos parecen tener algo en común, además de su edad: llegan con su revista bajo el brazo y con la más tranquila de las parsimonias, como burlándose del trajín de vida en el que el resto de los mortales vivimos.

¿Sabe dónde están sus abuelos en este momento? Yo sí: bajo tierra. Pero estos abuelos de otros siguen ahí, ante mi mirada, en silencio y salidos de la realidad esperando que vengan a recogerlos, aunque en el fondo pareciera que salir a leer revistas gratis es lo más extremo que han hecho las últimas semanas. Algunos ríen, otros se congelan, los demás se duermen con el libro entre sus dedos, en una especie de rigor mortis involuntario. Pero lo que todos hacen en común es ensalivarse el dedo para pasar la página, práctica que me parece tan tierna y metafórica, como si buscaran saborear y deglutir todo ese contenido actual y farandulero que a veces se resiste a incluirlos.


Por fin alguien más entra a cuadro: es la hija de una de las ancianas, quien viene con el mercado terminado de pagar y afanadamente le estira un par de revistas más mientras se la lleva. La anciana se pone feliz, pues no ha leído esa última edición de 15 minutos, donde se relatan los detalles de la boda de Pedro Palacio y Sandra Mazuera en Las Vegas. Su hija la afana y le pide que salgan, porque se hace tarde. Le chasca los dedos, como si con ello le encendiera algún switch escondido en aquella arrugada nuca. Tal parece que para algunos hijos, los ancianos son esas compañías para hacer vueltas y que para entretenerlos hay que dejarlos por ahí, como en una guardería con letras y caras bonitas en papel.


¿Puedo sentarme? pregunta con gran decencia. Le digo que sí. En primer plano, los restos del cono que me comí y la factura de lo que pagué.

El que se sienta en mi mesa trae una revista de viajes, la cual ojea por encima. Veo que le causa curiosidad uno que otro vestido jovial de vacacionista, pero sigue con su rápido escaneo porque debajo trae otra publicación, una que quiere leer pronto porque habla del papa Francisco y su afición al fútbol. A estas alturas, no sé ni cuánto tiempo ha pasado, ni me importa, porque si algo envidio de todos estos ancianos es ver que tienen claro el verdadero concepto de productividad: disfrutar la vida perdiendo el tiempo.

Los empiezo a ver con ligero resentimiento, porque suelo vivir en una onda diametralmente opuesta a su Slow Down Lifestyle. Mi tranquilidad se esfuma cuando recuerdo todo el trabajo que tengo represado, la plata que no tengo, los minutos que quiero invertir en otros lugares que no sean de paso. Justo ahí, recuerdo que ellos ya vivieron las etapas de siembra y entrega por las cuales transcurro en la actualidad, pues en sus arrugas y canas se esconden años de trabajo, sacrificios y demás actos altruistas por los cuales hoy pueden dedicarse tan solo a hacer nada.


Sueño con que llegue el día en que me dedique a cosechar todo lo que pude sembrar en vida, en el que en algún lugar paradisíaco me dedique a descansar, escribir y disfrutar mi vejez leyendo revistas de farándula. Uno vive afanado por casarse y tener hijos, para saber que el deleite está en el hoy, episodio donde se construye todo ese mañana al cual espera llegar. Me fui de ahí con algunas de esas revistas, las cuales pienso guardar para cuando llegue mi hora.


@benditoavila

1 comentario:

  1. De acuerdo. Esperar cuesta, duele y desespera, menos mal que aprendemos algo de ella. :)

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