miércoles, 23 de enero de 2013

Horarios

Desde que tengo tres trabajos, los horarios me importan más que nunca. Contemplo los minutos, las horas y los segundos, porque siempre que los tengo de mi lado pongo cara de Gollum, me sobo las manos y carraspeo como oficinista devorando Ducales. El trabajo duro es una opción de vida que tomé a la fuerza, porque en el fondo todos queremos nacer en cuna de oro, libres de Icetexes o demás comparendos a la pobreza. No me quejo, porque desde que tengo memoria he habitado en nidos alborotados, agitado las alas y salido a enfrentar la vida como polluelo precoz. Eso me ha hecho quien soy. Supongamos que algo bueno.


No creo en la gente que dice que no tiene horarios ni tiempo, más bien creo es que lo desperdician, no lo aprovechan y al malgastarlo después lloran. He vivido 25 años y algunos días en esta tierra, y al parecer sobre este punto hay un sabor amargo, propio de no haber vivido lo suficiente, pero tampoco lo debido. Me gusta perder el tiempo, he hecho creo que perderlo es sano; pero ahora veo que podría sacarle aún más provecho a los horarios. Parece que estuviera melancólico, pero no. Lo único que busco es dejar plasmado para la posteridad (una de las razones de este hijo bloggero es esa: erradicar la amnesia) que trabajé mucho, me esforcé y decidí escribir sobre eso.


La gente piensa que trabajar escribiendo es casi que imitar laboralmente a Homero Simpson, pero no. Le dan a entender a uno que eso de escribir lo hace cualquiera, así como eso de comunicar. El eterno problema de cargar con el título de comunicador social: nadie sabe para qué sirve, ni siquiera uno, pero se experimenta y se disfruta. Menos mal Internet tiene el remedio para todo: desde reuniones para solteros católicos hasta cómo hacerse rico vendiendo pompas de jabón; ahí mismo di con algo interesante: las rutinas de trabajo de escritores famosos.

El texto lo pueden leer directamente allí, oh amados caba-ñeros y caba-ñeras. Solo resalto la frase con la que abre: “A writer who waits for ideal conditions under which to work will die without putting a word on paper”. La vida real necesita gente que dejó de esperar la condición perfecta, los medios perfectos y el tiempo perfecto para hacer algo. No sirve excusarse, ni mucho menos no intentarlo: aquí se mide la efectividad no por lo mucho que se busque, sino por las veces que se muere lográndolo.

Nunca me compararía con Ernest Hemingway o Susan Sontag, pero sí concuerdo en que hasta la creatividad tiene horarios. Hace tiempo dejé la excusa que resumía mi trabajo a un acto creativo involuntario, que si llegaban las ideas era porque así debía ser, entre otras excusas oficinistas. Ahora creo que lo valiente es reconocer que uno vive sin ideas, sin nada qué decir, con papeles arrugados y tachados que ponen un asidero irremplazable: la persistencia.

La persistencia es lo único que permite preparar el camino, alisar el campo antes de la siembra. Sin constancia ni disciplina no se logra nada, tal cual como lo demuestra Benjamin Franklin en lo que para mí es algo retorcidamente admirable. Temía a sonar como ñoño por escribir esto, pero me importa poco o nada lo que puedan decir. A estas alturas de mi vida, en las que además me han censurado los fanáticos del hijo de Shakira y los cristianos que leen literalmente la vida, me he caído y levantado el suficiente número de veces como para no haber entendido que uno debe hacer las cosas que le nacen, que lo llenan, sin esperar que la gente lo apruebe.

Debe ser por eso que me resigno a vivir contando las horas que otros han vivido por mí. 


@benditoavila

2 comentarios:

  1. Tal vez muchos, consciente o inconscientemente esperamos a que todo lo bueno llegue sin el menor esfuerzo. No escribimos (y digo escribimos porque me incluyo) porque el temor y el creer que sino se tiene una gran idea saldremos a hacer el ridículo, cuando sólo hay que darse cuenta que esto de arriesgarse es algo que se debe hacer antes que el tiempo nos cobre lo que dejamos de usar.

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