martes, 11 de diciembre de 2012

Al Rescate (y al respaldo)


Rubén negociando con los organizadores del Genesis Party, el evento que los trajo a Bogotá en 2012.

De las dos veces que he salido del país, solo en una ocasión tuve que hacer conexión, porque de Bogotá no hay vuelo directo a Los Ángeles. Recuerdo comer empanada en el Aeropuerto Internacional de Miami y pensar en que las conexiones son lugares no-lugares, como dice Paul Valéry: espacios inexistentes donde todos vamos de paso, sin echar raíces. Más que las conexiones entre ciudades, me gustan las conexiones divinas, aquellas que no tienen que ver con espacio tiempo, sino con la fe en un Dios que sabe lo que uno necesita. Esa fue mi conexión: estar donde debía estar, a la hora indicada y en el día correcto.

No solo lo digo por Rescate; más que eso es el hecho de haber estado justo con ellos cuando reconocí perfectamente las voces de dos fantasmas, dos espectros del pasado relacionados directamente con episodios playeros, temporadas de ira cultural y de un ciclo que creí cerrar. La cámara de mi cabeza hizo el mismo movimiento que hacía Hitchcock, solo que con esta cara. Sabía que era un momento determinante, donde esas mismas circunstancias que me habían alejado ahora me acercaban, así que debía hacer una entrada más contundente. Lo divertido fue que no tuve que decir nada, pues el mismo Tega les dijo que si querían información de su visita a Colombia, me preguntaran a mí, su amigo colombiano. La cara de los susodichos no fue normal, por supuesto.

Nos sentamos a almorzar pero yo no podía dejar de pensar en este punto de giro, inesperado, incierto pero gratamente incómodo. Sabía que las miradas de aquellos que me tomaron por ralea clase media reposaban sobre mí, que estarían preguntándose de nuevo por mi pelo ensortijado, mi plan de vida, mis desbordantes cuentas bancarias, mi intención de conquistar a su hija. Así que preferí respirar hondo, disfrutar la compañía y dejar que desde su mesa contemplaran lo que pocos han podido ver. Esa era la verdadera motivación de todo ese trayecto divino: conversar con Rescate sobre su ministerio musical. Y sí que me di por bien servido.

Marcelo y Ulises conversando de mí. Decían que me parecí a un ingeniero de sonido argentino. 

Marcelo al fondo sorprendido mientras Sergio posaba ante la cámara. Rubén tuiteaba del asunto.

"El que toca, nunca baila. Es lo único malo de ser músico" eso decía Ulises mientras devoraba con gusto su salmón. Fue una frase adecuada para este año de rebobinar el casete del llamado, porque además de sus letras y música, lo que más me gusta de Rescate es la forma en que han logrado mostrar a un Dios de misericordia, un Dios que tiene mala memoria para mis errores y además que quiere salir del Templo.

Ojo, no porque se lo hayan llevado, como pueden pensar los ñoños religiosines, sino como un Jesús que se baja de la cruz y resucita. Ese es el llamado de Rescate: ser para afuera y no para adentro, ser fieles a una comunidad cristiana que los ha tildado de apóstatas desde 1988, el mismo año en que nací y en el cual también fui condenado a la paila infernal, según los religiosos.


"Nos conocen, y los que nos necesitan nos buscan. Hay muchas Iglesias a las cuales nunca nos han vuelto a invitar, pero ese es el precio de ser fiel al llamado, a lo que uno ama: Jesús en la calle". 

Alguien posó su mano en mi hombro, y justo antes de girarme, reconocí que eran otra vez ese par de voces fantasmagóricas que ahora hacían su entrada para despedirse. Rescate los saludó en gesto y les sonrieron, mientras ellos aseguraban que les gustaba su música, que le servían al mismo Dios y que les deseaban lo mejor. Se despidieron de mí respetuosamente mientras pensaba en las casualidades de la vida, en aquellos lindos encuentros en los que los que los fantasmas se quedaron con la imagen pocacosa que construyeron de uno.

Me gusta pensar en que esos son los ajustes divinos, momentos que Dios usa para hacernos dignos y hasta limpiar nuestros nombres con aquellos que asumieron nuestra bajeza. Ahora estaba ahí, de mendigo a príncipe, de exconvicto a rey local. Ahora entiendo que Rescate no solo vino a ponerme a rockanrolear, sino a respaldarme en un ajuste natural de las cosas.

Como lo que me interesaba no era solo conocer a Rescate, sino también verlos tocar en vivo, procedí a despedirme, a dejarlos descansar. Todos y cada uno me dieron abrazos sentidos, con la camaradería de quienes se conocen de toda la vida con tan solo verse una vez. "Gracias, Luis", "Chau, loco", y hasta "Te veo luego, capo" fueron las palabras con las que me despedí y procedí a tomar una foto final, épica, irrepetible.



"Mansos como corderos, astutos como serpientes, valientes"

En el concierto salté, pogueé, sudé, grité y volé como nunca. Pero el punto más emocionante fue cuando Ulises habló de tocar una canción que nunca presentarían en festivales evangelísticos como los de Luis Palau, pues era para quienes querían correr con Dios. Ahí me emocioné, porque antes de irme del hotel, le pregunté a Ulises si iban a tocar Tu coche, que a mi juicio es una canción perfecta. Me miró, me sonrío y me dijo: -¿Tu coche, te gusta? Le sonreí y me fui.

Ahora estaban en vivo tocando aquella canción. Ulises me miró a lo lejos, me señaló como pudo y con un guiño preparado para mí, dejé que los acordes nos inundaran hasta la locura. Es que ese es Dios para mí, un padre de amor que quiere viajar conmigo, cuidarme y que a cambio quiere que no le de la mezquina mitad, sino todo mi amor.


@benditoavila

2 comentarios:

  1. Lo dicho, impresionate, que buenas entradas, que pasado es Dios con aquellos que le amamos.

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